En la carrera de actor, se trata de resistir

Una conversación con Graciela Borges

La musa de Leonardo Favio, Raúl De La Torre y Luis Ortega recorre los grandes hitos de sus memorias en sets de filmaciones, desde su debut junto a Hugo Del Carril hasta el procesamiento, junto a Jorge Polaco, post kindergarten. Aquí confiesa: "Me encantaría interpretar a una travesti"

“SÓLO RECUERDO LA EMOCIÓN DE LAS COSAS, Y SE ME OLVIDA TODO LO DEMÁS; MUCHAS SON LAS LAGUNAS DE MI MEMORIA.”  Antonio Machado

Linda y elegante, como una musa posando para un artista imaginario. La silueta de Graciela Borges, oscurecida por la sombra que proyecta el árbol -refugio natural bajo un impiadoso sol de enero-, es lo primero que se destaca cuando el auto dobla y encara la calle que conduce a su casa de verano. El asfixiante mediodía de calor extremo no impide, sin embargo, que la gran dama del cine argentino mantenga una gracia. ¿Habrá sido aprendida -tal vez- en las alfombras rojas de los más prestigiosos festivales de cine? “Bienvenidos, chicos”, recibe la Borges a sus invitados, con los brazos extendidos a la espera del abrazo. “¡Qué suerte que pudieron venir!”, agrega, con una amabilidad que -como aquella imagen de cuadro inicial- no da indicio alguno de tratarse de una impostura. “Qué tarde encantadora vamos a pasar”, anticipa, en un contagioso tono celebratorio que mantendrá durante una charla en la que repasará buena parte de su carrera.

A los 14 años, la niña daba sus primeros pasos como actriz, en Una cita con la vida, el filme de Hugo Del Carril. Desde aquel debut, le siguió una prolífica carrera en la que filmó más de sesenta películas. Trabajó con los grandes directores nacionales: desde Leonardo Favio hasta Leopoldo Torre Nilson, pasando por Raúl De la Torre, Alejandro Doria, Lucas Demare, Lucrecia Martel y Daniel Burman. Su belleza y talento la llevaron a compartir cartel con Alfredo Alcón, Lautaro Murúa, Luis Brandoni, Rodolfo Bebán, Pepe Soriano, Alberto De Mendoza y Duilio Marzio, entre muchos otros. Nacida, criada y formada en la pantalla grande, Borges se anima a mostrar el otro lado del brillo. “No le recomendaría a nadie que empiece a actuar desde tan chiquita.”
-¿Por qué?
-Haber actuado desde tan pequeña me robó una parte interesante de la vida. La actuación no me permitió disfrutar de la adolescencia en total libertad. ¡Esas primeras salidas! Mi madre era una mujer maravillosa, inteligente, pero absolutamente autoritaria con la moral. Tal vez, el hecho de tener una hija famosa de tan chica agravó su instinto protector. Hacía cosas increíbles. Recuerdo que cuando me venían a buscar para ir a una fiesta, tendría yo 17 años, mi mamá contaba cuántos eran los que me venían a buscar para después cotejar que me trajeran la misma cantidad de chicos y chicas. Y tenía que avisarle antes de regresar, aún cuando no había teléfonos celulares como hoy, así me esperaba en la puerta de casa con el perro. ¡Un papelón!
-¿Era sobreprotección maternal o miedo a que le pasará algo por ya ser una figura?
-Eran tiempos en los que no se explicaba mucho. Creo que era miedo. Como mi padre, moralmente, no quería que yo fuera actriz porque le parecía que no era una profesión para una chica... Pero bueno, ya prescribió. Uno como madre o padre no hace lo que quiere; hace lo que puede.

Hay un pasado que la actriz no quiere deshojar del todo, pero que indefectiblemente la atrapa, como un retorno siempre latente pero nunca olvidado. Nacida bajo el nombre de Graciela Zabala, Borges adoptó ese apellido artístico luego de que su padre le denegara el uso del real, descontento por la carrera que su hija había elegido. “Tuve una infancia muy difícil, una infancia triste. Como mucha gente. No fue buena. De gente que se les pega, que tienen padres separados y están muy carenciados... Ya está. No soy la primera ni la última. Esa infancia fue una suerte de karma mío. Pero prefiero no hablar porque no quiero herir a nadie. Mis reproches a mi infancia ya prescribieron”, confesará, sepultando ese aspecto de su vida que parece haber perdonado.
-Sin entrar en detalles, ¿cree que esa infancia moldeó su personalidad?
-Yo tengo una luna en Capricornio. Me da la sensación que por eso me obligo a terminar todo lo que emprendo. Soy, para mí misma, muy fuerte en cuanto a lo que debo hacer y lo que no. Soy muy exigente conmigo misma, muy severa. Le pongo mucho compromiso a todo. ¡Es muy pesado ser tan rigurosa con una misma!
-¿Fue siempre así?
-Toda la vida. Si no, no hubiera hecho tantas películas ni me hubiese levantado tan temprano cada vez que tenía que filmar. Detesto levantarme casi a la madrugada para filmar. Pero gracias a que soy dura, pude hacer carrera.
-Una carrera con la que casi se tropezó. A los 14 años, ¿es posible que una persona elija qué quiere ser?
-Nadie que comienza de tan chica puede sentirse una actriz. Yo sentía que estaba jugando, que en vez de hacerlo con muñecas lo hacía con otros actores y un guión. La actuación fue durante mucho tiempo un juego que me divertía. Siempre me pregunté qué beneficio tuvo haber empezado de tan chica. Evidentemente había algo bueno.
-Que se divertía, no hay duda: terminó entregando su vida al cine.
-No supe hacer otra cosa que cine.

La musa inspiradora del cine nacional, la madre de todas las divas de la pantalla grande argentina, hace su confesión con la naturalidad con la que invita un vaso de agua o come “lo único que les puedo ofrecer, chicos, perdón”: ese peculiar pero adictivo mix de almendras y maní salados, con pasas de uva. No hay impostura ni grandilocuencia en sus palabras. Tampoco transmite aires de superación. Apenas es la afirmación, contundente e irrefutable, de que su vida fue cine. “Pero el cine nunca se transformó en lo más importante de mi vida”, aclara.
-¿Nunca se confundió?
-Siempre digo una cosa que, por suerte, no sólo la digo, sino que la practico: todos somos exactamente iguales, cumpliendo roles diferentes. El día que uno se da cuenta de eso, la vida se vuelve más sencilla. Me parece más importante la voluntad y el amor con los que los seres humanos hacemos cada cosa que el prestigio, la fama o el talento. No importa qué haga cada cual, que sea un recolector de basura, un albañil, un abogado, un gran empresario o un maestro. Somos todos iguales, con mayor o menor talento para cada cosa. Creo en el fervor con que se hacen las cosas. El que le pone voluntad, es igual a mí. El día que te das cuenta de eso no tenés más conflicto ni el ser del ego elevado malamente. Porque el ser del ego es un ser que ayuda. Si no tenemos ser del ego, no progresamos. Claro que el ego nunca debe ser una desmesura.
-¿El ego de los actores es débil?
-Esta es una carrera en la que principalmente hay que resistir, y entregarse a ciertos dolores que vienen con la actuación. ¿Qué son ciertos dolores? Alguna deslealtad, muchas injusticias... Y uno como artista tiene que resistir a esos golpes, tiene que impedir que lo quiebren en su espíritu y en su dignidad.
-¿Le pasó a usted haber vivido alguna situación en la que tuvo que resistir? Recuerdo el caso de Kindergarten, la película de Jorge Polaco, que sufrió la primera censura tras la recuperación democrática.
-Claro. Había visto Diapasón y me había pasado de querer filmar con (Jorge) Polaco porque trabaja la toma secuencia, algo que nunca había hecho y es una cosa tan actoral e interesante, donde el actor tiene que pensar con el cuerpo. Acepté hacer Kindergarten por eso. Esa fue película fue objeto de la tilinguería y de la vergonzosa actitud de un sector de la sociedad, avalado por la Justicia. El problema de todo siempre está en la mirada. Siempre cuento que a mi tía Mecha le pareció bucólica la escena de los dos chiquitos en un botecito tapados con hojitas, mientras que el juez Alberto Ricciardi se horrorizó con esos chiquitos, le parecía una inmoralidad, un film casi pornográfico. ¡Se inició una causa por abuso de menores! ¡Estuvimos todos procesados! Tuve que declarar, no me permitían ir a filmar a España, tenía que pedir permiso... La película nunca se estrenó en Argentina. Y eso que ganó premios en nueve festivales. Podía haberme hundido por la culpa de ese señor, que además era bizco, mirá vos. Me acuerdo que el juez me citó para ver en su despacho Kindergarten, sobre todo la escena en la que, en mi papel de novicia, baño al chico. ¡Me preguntó qué había sentido! ¿Qué iba a sentir, si estaba con un chico? ¡Y actuando! Fue un horror. Ahora, con el tiempo, pienso que ojalá me hubieran metida presa, así podía decir todo lo que pienso de la censura. Lamentablemente, después de ese hecho, Polaco se asustó. Lograron quebrarlo, al punto que sus películas dejaron de ser repulsivas. Nunca fue el mismo. Lo quebraron, le hicieron tener miedo.
-¿Y a usted nunca la quebraron?
-No. Yo soy de una madera muy dura de quebrar. Me pueden conmover, hacer enojar pero después, garra, corazón y nervio.
-La actuación, entonces, debe contemplar una alta dosis de resistencia.
-Los actores no somos nada seguros. Podemos tener seguridad en lo que queremos hacer, pero en el momento de hacerlo somos frágiles. ¡Qué carrera más precaria es la nuestra! Hablamos de cosas que no escribimos nosotros, nos vestimos de algo que no somos, nos mostramos públicamente escondidos en nuestros personajes, y queremos que la gente nos ame para no morirnos. Es muy frágil la vida de los actores.
-También tienen el privilegio de interpretar numerosas vidas, poder ser otros.
-La actuación tiene el poder fantástico de jugar a ser otros seres en una misma y pequeña alma, que es la de uno. El alma es casi lo único propio del actor. Como decía Alfredo (Alcón), uno hace todo para que lo amen. No es que no nos importa lo que pasa con la gente. Los actores tenemos un alma rica pero débil. Una crítica, un comentario, una decisión injusta, puede condicionar la sensibilidad de un artista. Hasta una crítica puede dañar. Hay gente que se angustia mucho con un fracaso. No existen los fracasos. Doy fe que no existen los fracasos, de la misma manera en que tampoco creo en los éxitos. Los viciosos tuvo mucha repercusión, se mantuvo 17 semanas en cartel y ganó muchos premios, y no quedó en la memoria de la gente. Y otra, como El dependiente, a la que no fue a ver nadie al momento de su estreno, hoy es considerada como una de las mejores películas de todos los tiempos según los europeos. No existe ni el fracaso ni el éxito.
-Debe ser más fácil declamarlo que comprenderlo.
-Siempre sentí al éxito y al fracaso como estadíos coyunturales de la carrera, sin saberlo. Les voy a decir por qué. Porque sorprendentemente no esperaba el éxito cuando era chica. Yo veía a compañeros míos que esperaban hasta la madrugada las críticas en los diarios. Nunca lo entendí. De hecho, ni siquiera guardo críticas a mis trabajos. Los recuerdos están en mi corazón.
-¿Qué la atrae hoy, profesionalmente?
-Me atrae más lo novedoso, lo desconocido, que lo que a priori podría ser exitoso. Me encantaría interpretar a una travesti. En un momento me trajeron un libro sobre la historia de una travesti. Era un papel fascinante, porque siendo mujer, tener que hacer a un hombre que se siente mujer y se disfraza como tal, era muy complejo. Era un papel que me permitía pensar zonas jamás transitadas. Son personajes que tienen un rulo encantador. Lamentablemente, no se concretó.
El ladrido de Sari, su fiel perrita, la quita de la cavilación en la que se había hundido por unos segundos. El recuerdo de Raúl De la Torre, el cineasta al que supo amar , se le hace presente. “Cuando hablábamos acerca de mi final, Raúl imaginaba algo muy lindo. Decía que yo iba a estar muriéndome, rodeada de la gente que me quería. Todos iban a estar tristes, acongojados, sufriendo. Hasta que en un momento, él iba a entrar por una de las puertas del lugar e iba a gritarme: ‘Gra, ¡cámara!’. Y, en ese momento, yo iba a volver a sonreír.”
Fundido a negro.
Diva no sólo se nace. También se muere.

LEONARDO Y GRACIELA

“El más grande todos los directores argentinos fue Favio. La razón es muy simple:
el misterio de su cine está en su cámara, y en el profundo amor y la profunda piedad que tenía por personajes frágiles. En todo lo que contaba Favio había emoción. El cine de Favio nunca pierde vigencia porque la emoción humana es siempre la misma. Cualquier cosa que Favio tocara con su cámara estaba llena de amor. ¡Y hacía locuras! ¿A quién se le hubiera ocurrido poner a Carlos Monzón con ruleros? ¡Lo que fue El dependiente! Leonardo Favio es el gran director argentino. No habrá nadie capaz de expresar en el cine una sensibilidad humana tan
profunda.”

GRACIELA Y RAÚL

“Raúl me dio películas maravillosas. Me ayudó a ensayar de una manera tan poderosa, como nunca antes había sentido. El trabajo que me acompañó con Lautaro Murúa, Federico Luppi, con Pepe Soriano... Era maravilloso trabajar con él. De la Torre fue uno de los grandes directores argentinos. Creo que no tiene el reconocimiento que su obra merece. Fue un hacedor maravilloso. Yo vi a Lee Strasberg, y a su mujer Diana, hablar una clase entera en el Actor’s Studio sobre De la Torre. Habló durante una hora sobre el trabajo de Raúl con los actores.”

gracielaborges leonardofavio emanuelrespighi nahuelalfonso movimiento
Escrito por: Emanuel Respighi.
@erespi

ver más.

Fotos por: Nahuel Alfonso.
Fotógrafo

ver más.

COMENTARIOS
NOTAS RELACIONADAS

Militancias Argentinas

Luchar para preservar la potestad sobre el cuerpo, el trabajo, el club o el matrimonio homosexual. Historias de actores y actrices

Escrito por: Débora Maniowicz.
@debmaniowicz
Leer Nota

Espectadores del Siglo XXI

Escrito por: Julián Gorodischer.
Leer Nota

La Perfo

Once actores participaron de una experiencia creativa que derivó- luego de tres jornadas de entrenamiento- en la foto de apertura de esta producción. Inspirados por El Ángel exterminador -de Luis Buñuel- coordinados por Ana Frenkel, con registro fotográfico permanente, construyeron un clima marcado por el surrealismo.

Escrito por: Creación Colectiva.
Leer Nota
La revista de SAGAI.
Sociedad Argentina de Gestión de Actores Intérpretes .

+54 (011) 5219-0632 | info@sagai.org | www.sagai.org | Marcelo T. de Alvear 1490. CABA., Rep. Argentina.

© SAGAI (Sociedad Argentina de Gestión de Actores Intérpretes, Asociación Civil), 2011 Registro de propiedad intelectual N.º 5016803