Diario Intimo

Convivencia entre un cronista y un actor

Miedos y placeres, alegrías y fantasmas en un relato cercano que expone un modo de vida. Obsesiones y fetiches de un actor joven, desplegados en las rutinas cotidianas.

Diego Gentile saca de las hornallas un espumante puré de calabaza. Lo sirve con el mismo cuidado que parece haberle puesto al resto de su cocina, de su casa, de su carrera, de su vida. Una especie de ordenamiento consciente rodea las maniobras y el aire en esta noche de martes de la que soy un incidente, un desconocido que viene con un lápiz, una libreta y un puñado de preguntas para ser soltadas bajo la impostura de una conversación casual. Mi puré llega con el agregado de dos hamburguesas. El de él, no: el de él viene solo. Me dice que se está cuidando, así le pregunto exactamente de qué. Diego tenía el millaje suficiente para convertirse en una figura antes de interpretar al novio canchero y seductor que dinamita su propia boda en el último corto de Relatos salvajes, y es una figura especialmente ahora que Relatos salvajes lo consagró. Le decís a tus alumnas que mañana a la noche vas a comer a lo de Diego Gentile, tus alumnas te responden que wow, que ápa, que decile que lo queremos conocer: el personaje derramando su compostura imaginaria sobre el sujeto que le da cuerpo, montado sobre la masividad de su tráfico y quedándose con el actor. Diego Gentile no pone hamburguesas en su plato porque se está cuidando de no volver a ser el que era, un gordito de Floresta peleado con el cuerpo y que solía quedar fuera de los haces de luz. Estoy en en el departamento que Diego Firmenich Gentile tiene sobre la avenida Las Heras, frente al Botánico, todo muy mono. Vengo porque le voy a contar la vida a este rubio regio. Y porque él está listo para entregármela y que yo la cuente. Somos dos fenicios sumergidos en la ciénaga de nuestro negocio.

-¿Firmenich, te llamás?

Diego es un pendejo, ponele que tenga dieciocho, diecinueve. Ya sabe, porque lo sabe desde pequeñito, que será actor. No puede explicar cómo fue que lo supo, nunca podrá. Simplemente ya lo sabía, y así el resto. Es esa clase de gente que ha sido bendecida con el don de identificar su deseo desde temprano. Esa gente a la que le preguntás qué quiere, y te responde sin pensarlo demasiado. Esa gente que se mete en Freddo y todavía no cruzó la puerta que ya conoce los sabores que le va a poner a su cucurucho. Esa gente que sabe quién es.

 

Bueno, total que es un adolescente, Diego, y se presenta a su primer casting. Hoy no cortaría sus vacaciones para presentarse en un casting de publicidad, pero en ese momento, estando en Mar del Plata en casa de sus abuelos paternos, en casa de sus abuelos Firmenich, sí, porque deseaba con todo el corazón que una cámara lo tomase y que un director le diera órdenes. Porque en ese momento le importaba nada levantarse a la mañana para echarse un desayuno en el Manolo’s de la costa y le importaba todo que alguien creyera que él podía actuar. Así que se vino, 400 kilómetros arriba de un Chevallier para probar suerte en un casting elemental, que no era un trabajo sino apenas la posibilidad de un trabajo. Declamó un texto, el texto que tenía que declamar. Le preguntaron cómo se llamaba, y él respondió con la verdad: Diego Firmenich.

Diario íntimo de un actor, nota uno: no volver a decir que mi apellido es Firmenich, no volver a pasar por esto de me pregunten una y otra vez qué tengo que ver con Mario, el Monto, que si bien es un primo lejano de papá, no tiene nada que ver con nuestra familia y mucho menos tendrá nada que ver con la carrera que quiero hacer como actor. No me van a importar las caras de culo que me vaya a poner mi padre cuando sepa que hice desaparecer su apellido de mi trabajo. Y no celebraré especialmente la sonrisa de mi madre cuando sepa que a partir de ahora mi nombre será Diego Gentile.

Fue su primer casting. Después vendrían, de mínima, otros setenta y nueve. Porque Diego tiene encima ochenta publicidades filmadas. Ochenta avisos comerciales, ochenta productos vendidos. Mientras corto mi hamburguesa al plato lo escucho decir: “No es que tengo alrededor de ochenta, son ochenta clavados”.

-¿Y qué te dio ese trabajo?
-Soltura frente a cámara.
-¿Qué más?
-Plata.

Sí, puede ser, para estudiar con Alezzo, con Daulte, para pagarse las clases. Pero la riqueza puede asumir formas impredecibles. Diego tiene que morder frente a cámara una galletita de chocolate. Es un actor joven que quiere dejar el alma en cada fotograma, así que muerde fuerte, con vehemencia, esas maravillosas, únicas, invencibles galletitas de chocolate. Ahora sonreí, le piden. Diego sonríe, tiene los dientes marrones, están llenos de galletita. Corten. Vamos de vuelta. No muerdas con tanta fuerza, tiene que ser un bocado más pequeño. Diego escucha y aprende: no tiene que ser verdad, tiene que parecer verdad. No tiene que morder una galletita de chocolate, tiene que actuar que muerde una galletita de chocolate. Soltura frente a cámara, dinero pero también una idea acerca de la verdad y la verosimilitud. Impredecibles, las formas que puede asumir la riqueza.

El mejor trayecto para ir de Corrientes 1283 a Valentín Gómez 3378 es bajar por Sarmiento hasta Gallo y en Gallo hacer una a la derecha hasta Valentín Gómez, no pueden ser más de quince minutos, veinte un sábado a la noche por el atasco de gente en las puertas de las salas y su derrame sobre el pavimento de la avenida, pero en cualquier caso es un viaje cuadrado. Diego tiene ese rato para dejar de ser una pieza de comedia en el aparato narrativo que Toc Toc monta de jueves a domingo en el escenario mayor del Multiteatro y pasar a ser el irremediable fanático de un asesino serial capaz de desfigurarle la cara a su mejor amigo con un soplete en Matar cansa, el unipersonal que apenas unas horas después de Toc Toc debe presentar en El Extranjero, una sala teatral de El Abasto. En el medio, a bordo del taxi, cena. Su cena se repite: una manzana. El color de la manzana se repite como su cena: verde. Aunque el viaje, en rigor, es un viaje bastante más drástico que ese montón de cuadras consecutivas atravesando el Once. El viaje es de un trabajo al otro, es decir, de un cuerpo al cuerpo siguiente.

Toc Toc lleva cinco años en la calle Corrientes y más de 1600 funciones: Diego Gentile, integrante del elenco original, faltó una vez, con aviso, algo relacionado con el rodaje de Relatos salvajes. No conozco a ninguna persona que haya faltado sólo una vez a su posición de trabajo en cinco años y tampoco conozco a nadie que conozca. Ahí, sobre el escenario, en buen spoiler, Diego interpreta a uno de esos sujetos que no pueden pisar las rayas de las baldosas. El personaje le pide trepar las pa- redes del decorado, saltar de las sillas a las mesas y colgarse de la blioteca porque su personaje no pisa el suelo no pisa las rayas del suelo y, si las pisa, se muere. Como es una comedia, probablemente la más exitosa de la cartelera teatral de Buenos Aires durante la última década, nadie muere. Mauricio Dayub despliega una hirviente efusividad a lo largo del texto y Daniel Casablanca macoquea a un tachero que no puede parar de numerarlo todo. Gentile explora cierta torpeza de su crescendo comediante hasta que sale de ahí. Después:

Taxi. Sarmiento. Manzana verde. Valentín Gómez. Llegada. Matar cansa. El escenario está deliberadamente despojado: el escenario es un piso, el piso que estaba, y una pared, la pared que quedó. Y una silla de plástico. Y un micrófono. Y un haz de luz. Cuando Diego Gentile ocupa la escena, la luz se corre y él, su personaje, habla a oscuras. No habla, balbucea. Es un nadie, a diferencia de su celebridad favorita, que es un asesino en boca de todos, una monstruosa manifestación de la especie. El trabajo de Diego está puesto en contener la voz, en tirar todo del tiempo el freno de mano para no dejar salir al monstruo personal que le ha tocado interpretar, porque la admiración del horror no es menos horrorosa que el horror mismo. Mañana, cuando salga para el Multiteatro, Diego volverá a chequear que en su bolso haya una manzana, y que esa manzana sea verde.

Esta noche no hay función de Matar cansa, así que terminada Toc Toc podemos ir con Diego a relajar a una de sus cuevas céntricas favoritas, el restaurante peruano que se esconde como un secreto a la vuelta del Multiteatro. En este breve rectángulo se sirve el ceviche con vino blanco más insinuante de todo el centro porteño y al rato la charla es un buceo por las profundidades: Diego se recuerda a sí mismo en 1996, volviendo del casting de Poliladron. Pupi Andino, su manager, llevó a tres de sus actores y con Diego fueron Florencia Bertotti y Karina Zampini y Diego acababa de ser informado de que sería el hermano en la ficción de Andrea Pietra. Venía en el colectivo, que tiene que haber sido un 53, esperando llegar a Floresta para contarle a su madre, pero su madre, por alguna razón, esa tarde estaba en la puerta, en la esquina de toda la vida, Carrasco y Avellaneda. Vio venir a su hijo desde la esquina, vociferando algo que por la cara tenía que ser una buena noticia. A los gritos se abrazaron ahí mismo. La escena podría aceptar cualquier prisma, Diego la define fácil: muy tana.

Diario íntimo de un actor, nota dos: la gente se divide entre los que tienen cara y los que tienen jeta. Y el tano, como yo, se parece más a un muppet, es más bien jetón.

Un cocktail de sangre yugoeslava e italiana lo pigmentó a Diego con este rubio indiscutible que lleva encima y esos ojos celestes que, siempre, para el negro, son un asunto.

-¿Cómo se ve el mundo desde ese color?- le pregunto. Diego no responde, como si se sorprendiera, como si hubiera olvidado de qué color tiene la mirada. Resolví mis problemas de bullying en la escuela primaria cuando comprendí que si yo me reía antes de mí mismo nadie más podría reírse de mí, y mi personaje estelar del año 82, durante aquél séptimo grado infame, fue la imitación del hincha de Camerún que Caloi había puesto solitariamente en una tribuna con el hueso crudo del subdesarrollo coronándole la cabeza. Tres décadas después de cantarle burum bum bum a todo mi grado, para obturar la burla con un dispositivo de la autosuficiencia, lo tengo a este clarito acá adelante que me mira como si no fuéramos, los dos, una hipérbole contracromática, un afiche de Benetton. Le cuento que es un chico rubio, se lo informo. Me dice que lo recuerda cada mañana al verse al espejo, pero que después se olvida.

El salto del gordito de Floresta al rubio de Relatos salvajes es un salto olímpico, el brinco de una carrera puesta en marcha con el combustible de un deseo a los doce que fue el mismo de los trece, de los veinte, de los treinta, de los muchos años que le queden de vida: el tipo supo de entrada qué quería ser, quién quería ser, y con ese movimiento precoz se ganó un futuro. Volvemos del centro, estamos nuevamente en el monísimo departamento de Avenida Las Heras, frente al Jardín Botánico, que Diego se compró con el dinero que le dejaron estos cinco años de Toc Toc. Diego pone música. Todos de pie, suena Frank Sinatra.

Las casas proyectan a sus dueños como nada más los proyecta. Digamos que tu casa te explica, y que mostrar la casa es mostrarse. A veces tiene que ver con la forma en la que corre el aire: la casa es la respuesta a todo lo que un entrevistado prefiere no responder, su más clara terminación nerviosa. En todos estos años de retratos y entrevistas, conocí algunas casas que lo decían todo. La de Wanda Nara, en el barrio Santa Bárbara, tenía un sistema para levantar las paredes y que la pileta ingresara deljardín al living, una especie de sobreactuación pornográfica de la riqueza al pedo. Todo estaba como apoyado, sin uso. El departamento de Charly García sobre la avenida Coronel Díaz era caótico y rabioso, con un piano en el centro atacado por aerosoles color plata. En la casa del Pity hay charcos de meo y la de Pancho Dotto se parece el edificio de la Biblioteca Nacional pero más pequeño, con un ascensor que lo sube por dentro y un garage en planta baja con su colección de Mercedes Benz blancos clásicos. La casa de Diego Gentile es blanca y prolija, nada parece estar fuera de lugar y en la cocina dos cafeteras con diseños en pugna embellecen los estantes. Su aspiración estética, que siempre en cualquier sujeto significa algo más que sólo la forma o el estilo, mira hacia el final de los años 50 que se estiraron un poco sobre la década siguiente y llegaron hasta la Audrey Hepburn de Desayuno en Tiffany’s, en 1961. Y si la casas dicen, los cuartos favoritos de las casas detallan. Diego Gentile tiene su caverna aquí mismo, su habitación de juegos, su casa del árbol, que es como una casa más personal dentro de la casa a secas. Adentro, lo que hay, es puro Gentile repartido.

Para empezar, una pantalla que puede haber quedado abierta de la noche anterior o puede estar debidamente enrollada pero en cualquier caso hace de este cuarto la posibilidad constante de un cine. Después, todos esos devedés que le recuerdan cuando trabajó en un videoclub despachando cajitas con películas en las que todavía no trabajaba. Acá se puede encontrar desde la saga de Critters a cualquiera de las Rocky o cualquier edición de cine argentino. Diego me invita un día de estos a ver un documental. De todas formas, la población estelar desde este reducto es esta profusión atesorada de peluches y muñecos con significado cinematográfico en todos los casos, como si una casa de comics hubiera obtenido el permiso de reproducirse aquí dentro. Muñecos de Los Simpson, peluches de Los Muppets, un Michael Jackson tirando el moonwalker sin salir de su caja original. En todo estos metros cuadrados de pulsión infantil Diego se regresa cuando el mundo lo apabulla, y a veces cuando no también. Es curioso pero sus premios ganados -incluyendo el Cóndor de Plata 2015 a la revelación masculina por Relatos salvajes- están sobre un costado, detrás de más muñecos, no necesariamente escondidos, pero definitivamente sin estar expuestos con la efusividad del premiado que quiere que te enteres.

-¿Te da?  -No, es sólo que ya está, ya los gané.

-No te importa.

-Sí me importa. Me gustó ganarlos, claro, pero ahí donde están, están bien.


Antes de irme, antes de dejar este codo de Neverland, encuentro la colección más fulgurante que vi en mucho tiempo dentro de una casa particular: ahí están, cada una interpretándose genialmente a sí misma, el siglo XX comprendido en esas ropitas, en el color del pelo, en la forma de llevarlo. Hace tiempo que no veo una colección como la colección que Diego Gentile tiene de muñecas Barbies, todas dentro de sus cajas, como lo que no debe ser tocado, y cada caja, sobre el ángulo izquierdo, con el año al que ese modelo de Barbie pertenece. Está la de 1959, que trae guantes largos; y la de 1967, con botitas plateadas. La de 1971 tiene pantalones anchos y la de 1985 tiene peine y peineta.

-Parecen las guardianas de este cuarto, allá arriba, en los estantes altos.
-Más que las muñecas, me gusta consumir las épocas que representan. Soy un vintage.
-¿Cuándo empezaste?

-Cuando empecé con Toc Toc dije: ¡a por ellas!

De Poliladron en 1996 a Señores Papis en 2014, el trayecto televisivo de Diego Gentile se fue nutriendo. En teatro, Toc Toc es su obra indispensable y Matar cansa, probablemente lo mejor que haya hecho. En cine, Relatos salvajes se lo lleva todo puesto. Las variaciones de un actor van ganando anchura con los años y Diego se imagina un futuro con más cine, más teatro y más televisión.

Diario íntimo de un actor, nota tres: comprar manzanas. Que sean verdes.

DIEGO POR ALEJANDRO

Alejandro Seselovsky (Rosario, 1971) es un periodista argentino que practica la técnica de la inmersión. Ya lo hizo antes para Perfil, Página/12, Gatopardo, La Mano y Gente. Para su libro Cristo llame ya (Norma) vivió en primera persona el negocio de la fe. Y para escribir Trash (de la misma editorial) entabló vínculos de repentina intensidad con personajes que van de Ricardo Fort a Luciana Salazar. Para “Diario de un telemarketer” (Rolling Stone) se hizo emplear en un call center y lo narró minuto a minuto. “Seselovsky nos va contando su cotidianidad, las internas, las broncas, la explotación”, lo elogió entonces el sitio Sicrono. Para “Diario íntimo” convivió full time con Diego y generó una genuina corriente de afecto con su objeto, en las antípodas del modelo mítico de periodista objetivo o neutral.

diegogentile diegofirmenich gentile relatossalvajes toctoc matarcansa alejandroseselovsky sebastianmiquel
Escrito por: Alejandro Seselovsky.
@Aseselovsky

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Fotos por: Sebastián Miquel.
Fotógrafo
@sebasmiquel

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