Cómo actuar un H.I.J.O.

Historias de actores a quienes les tocó interpretar a hijos de desaparecidos durante la última dictadura, y de aquéllos que actúan su propia vida y hoy buscan verdades a través de la actuación (y así cierran heridas).

Actores y actrices cuentan cómo fue la construcción de uno de sus personajes más significativos: un hijo de desaparecidos

Ser uno: eso es identidad. No ser otro: eso también es identidad. 
A Carla Crespo, de 39 años, actriz, le habían dicho a los 9, que su papá había muerto en un accidente de auto. Después, a los 10, que había muerto combatiendo en Monte Chingolo. Y recién a los 13 años, que había sido fusilado y su cuerpo desaparecido, y además que le habían cortado las dos manos para identificarlo. Esa fue la construcción que Carla hizo de su padre... más los relatos que le contaban su madre, los amigos de su padre y los militantes del Ejército Revolucionario del Pueblo, el ERP. Y ésa fue la historia que decidió llevar a escena junto a la directora Lola Arias en la obra de teatro Mi vida después.

El procedimiento principal de la obra fue el re-enactment: los hijos reconstruyen las vidas de sus padres como si fueran dobles de riesgo dispuestos a actuar las escenas más difíciles de sus vidas -explica Arias-. No hubo un texto escrito, sino que entrevistaba a los actores y pensaba cómo se podían representar sus historias.” Así fue como tras varios encuentros, se decidió que Carla, en lugar de contar la verdad, ficcionalizara cada una de las cosas que había escuchado sobre la muerte de su padre. Carla tenía todo anotado: había escrito lo que sucedía a lo largo de su infancia y adolescencia en cuadernos íntimos. La costumbre continuó al dar esta nota; presentes: un mate y una libreta repleta de reflexiones acerca de la identidad y la actuación:

“¿Mi identidad? A ver... mi identidad es ser hija de desaparecido, sí. Pero también mi identidad es lo que soy. Es todo lo que yo estudié, lo que leí, las personas con las que salí, ahora mi hijo. Entiendo lo real sólo como eso que no podemos producir simbólicamente. Todo lo otro es construcción. Entonces cómo, si yo pienso que en la vida somos esa construcción que hicieron de nosotros y de la cual nosotros nos apropiamos, voy a pensar que cuando actúo, actúo ‘la realidad’, si ahora mismo, cuando hablo, soy pura construcción. La verdad en la actuación justamente es el estar aquí y ahora, muy ocupada en ese estar, muy verdadera y sabiendo todo el tiempo que lo que se está produciendo es una construcción”.

En una de las primeras escenas de Los Rubios, Analía Couceyro enuncia: “...mi nombre es Analía Couceyro, soy actriz y en esta película represento a Albertina Carri”. Analia Couceyro y Albertina Carri son amigas desde hace 20 años. Juntas, se encaminaron en la aventura de filmar Los Rubios, docu-ficción sobre los padres de Carri o en realidad, sobre la construcción del recuerdo de esos militantes desaparecidos el 14 de febrero de 1977. “Sus padres desaparecieron cuando ella tenía 3 años, entonces la construcción que hizo está constituida por un montón de retazos. La decisión de que hubiera una actriz era un elemento más que tenía que ver con la construcción de la ficción de la memoria, trabajada con muñequitos de Playmobil, por ejemplo. La idea del artificio estaba siempre presente, de lo artificial del recuerdo, de la memoria”, cuenta Conceyro. Si la construcción del pasado es siempre una trama novelada, casi fantasmática y subjetiva, Carri buscó mecanismos de representación de la realidad, en el juego entre la ficción y el documental.

Otra de las películas que ficcionalizó la memoria, y fue transgresora en el abordaje a la dictadura militar y la militancia de los desaparecidos, fue la del director Benjamín Ávila. Hijo de Charo Zermoglio, detenida desaparecida, y hermano de Diego Mendizabal, apropiado durante sus primeros años de vida, el director escribió Infancia Clandestina, que cuenta la historia de la contraofensiva desde el punto de vista de un niño de 10 años. Desde el punto de vista de Ernesto-Juan. Teo Gutiérrez Moreno fue el encargado de encarnar ese papel principal. El director lo había conocido en un casting para el canal infantil Paka-Paka y lo llamó dos años más tarde para protagonizar su ópera prima. “Fue un casting muy largo y me interiorizaron sobre la dictadura militar, aunque yo ya conocía bastante el tema – recuerda este adolescente de 16 años-, pero lo que el director siempre quiso es separar la historia de la contraofensiva y llevarla a la otra parte que predomina, que es la ternura, la familiaridad, los valores, lo humano. Quiso contar que todo lo que hicieron, lo hicieron por amor y por un objetivo que va más allá de lo individual.”

Crear el personaje.

En el proceso creativo de Teo, Ávila le fue entregando recursos para construir al Ernesto-Juan de Infancia clandestina. Le brindó herramientas pero sin avasallarlo, como remarca Teo: “Trabajamos codo a codo, me dieron el lugar para que yo lo pensara y sacara mis propias conclusiones. Eso es lo más importante, tener una mirada crítica”.

-¿Cómo fue la relación con el ávila director?

-Benjamín siempre fue muy compinche y se rebajaba, en el buen sentido de la palabra, a mi edad. Era divertido. Siempre estaba dirigiendo a todos y en cambio conmigo era como una especie de amigo, se arrodillaba y me explicaba todo con paciencia. Era bastante camaleónico; en ese sentido, se podía enojar con alguno y, después, se daba vuelta y era re tierno para dirigirme. La película tiene su espíritu.

Antes de Los Rubios, Carri llamó a Analía y le dijo: “Hacé de mi”. Analía recuerda que, en un principio, trabajaron sobre textos existentes, de Vallejo a Bill Nichols, especie de recorrido entre poético y académico sobre la representación de la realidad. Luego de ese trabajo entendieron que la realidad era lo que menos importaba y empezaron a improvisar escenas de diálogo. Couceyro explica que si bien Albertina se expuso, porque están presentes su cuerpo y sus emociones, hubiera sido más forzado para el espectador acompañarla a ella todo el tiempo, por eso se decidió que sería una tercera. Y Analía lo que hizo fue imaginar lo que ella no haría, o los tonos que no tendría, porque la conoce bien. Después puso el cuerpo y al tono lo encontró en el rodaje.

Desde la visión de Carla Crespo, con cada personaje se viven otros lenguajes. Dice que es una posibilidad única de poder traducirse y a su vez, unirlo a los lenguajes de los otros, a los directores, a los autores. La obra de la que fue parte, Mi vida después, fue un trabajo de cinco años, muy importante para ella y todo el colectivo de actores. Tanto que su marido actual era uno de sus compañeros, Pablo Lugones, y una de sus mejores amigas es Vanina Falco, hija del apropiador Luis Falco, hermana de crianza de Juan Cabandié, cuando Juan era Mariano.

Encontrar la identidad.

Casualidad o causalidad, Mariano Torre se sorprendió cuando le ofrecieron el papel de Juan Cabandié. Lo primero que pensó es que tenían la misma edad y, también, el mismo nombre de cuando Juan vivía en la mentira. Construir ese personaje fue el gran desafío para este actor patagónico, de 38 años, que comenzó en televisión con la tira Verano del 98. “Faltaban 3 días para que comenzara la grabación de Televisión por la identidad, en Telefé, y me ofrecen el papel. Les digo que me voy al bar a leer el guión... Y desde que arranqué a leer no pude parar de llorar. Cómo podía ser que en el bar donde almorzaba todos los días, un lugar lleno de gente, nada íntimo, me haya pasado una cosa así. Y me dije: lo tengo que hacer”, recuerda Mariano aquel día en que le llegó la propuesta.

Tenía pelo largo, ahí nomás se lo cortaron. Le dieron material para leer y se encerró en su casa a ver qué cosas podía unir para encontrarle esa veta que lo emocionara. Cómo utilizar ese canal para exteriorizarlo, se preguntaba, porque su vida había sido la antítesis de lo que vivió Juan.

-¿Por qué?

-Porque fue feliz. Porque fue en Ushuaia en un ámbito sumamente relajado, de mucha libertad, con espacio para hacer lo que yo quisiera. Todo era blanco, no había aristas oscuras.

Mariano sabía que era
complejo pero también
sabía lo que había sido la
dictadura con una mamá
asistente social y muchos
amigos de sus padres chupados. Sabía, en el fon-
do, que también le podría
haber tocado a él. “Estaba
muy lejos y a la vez muy
cerca de esa historia. Pensá
que a 3500 kilómetros de la
felicidad que yo vivía, había
alguien que estaba en un infierno horrible de mentiras, de oscuridad, de miedo. Entonces, por ese antagonismo me conecté. Me encerré y empecé a sacar fotos y a armar mi paralelo con Juan, mi casa, mi vida, con su historia, el guión y fotos.”

Torre se dio cuenta de que, en esa historia oscura, Vanina era lo único verdadero: “Hoy ellos siguen siendo hermanos aunque no lo sean. Indagué en ese sentimiento en mis relaciones. ¿Qué podía sustentar una relación para que fuera verdadera? Pensé en la relación de amor absoluto con mi hermana. Entonces, eso me fue cercano porque ya tenía transitada la confianza en el otro a través del amor”

-¿Y lo conociste a Juan en esos días?

-Me ofrecieron conocerlo pero no me animé, porque era muy poco tiempo, muy fuerte conocer a la persona de quien yo le estaba leyendo su intimidad. Con el tiempo y con el diario del lunes, me hubiese gustado haber tenido una charla, acercarme más. Lo conocí después, informalmente.

El guionista Marcelo Camaño recuerda el trabajo de Mariano. La sensación que se le viene a la cabeza es “la sutileza de su actuación. La candidez y la templanza que le dio al personaje, que era lo que se buscaba”. Esa fue una etapa decisiva para Camaño a la hora de escribir sobre la última dictadura militar y los chicos apropiados. Años más tarde, retomaría el tema junto a Adriana Lorenzón como guionistas de la telenovela Montecristo, un éxito de Telefé que llevó la historia de los desaparecidos a lugares impensados. Entró en aquellas casas en las que de eso no se hablaba. La historia de amor y venganza, protagonizada por Pablo Echarri y Paola Krum, tenía como centro a una hija de una desaparecida, apropiada, y a su hermana de sangre, que daba su vida por encontrarla. Ese fue el papel de Viviana Saccone.

“Nunca me había tocado hacer un personaje que existió, que tenía una historia –explica Saccone-. Venía haciendo siempre personajes de ficción, donde hay gente que se puede identificar o no con mi actuación, pero en este caso yo iba a representar a una hija de desaparecidos que buscaba a su hermana y yo sabía que había montones de mujeres que iban a ponerse en mi lugar. Siempre trato de hacer en serio cada personaje, pero esta vez se trataba de hacerlo con mucha verdad, era buscar la verdad más profunda de la emoción, de lo que le sucede a este personaje.” Trabajaron codo a codo con Abuelas de Plaza de Mayo; incluso, grabaron en la sede las escenas de la búsqueda. Estaban en contacto con familiares, hijos y madres de desaparecidos. “Cuando en la novela mostrábamos fotos, eran fotos reales de niños desaparecidos. Y recuerdo que pasó un caso puntual en el cual alguien se reconoció en una foto y a partir de ahí se presentó en Abuelas y terminó siendo hijo de desaparecidos”, afirma Saccone, sonriente, resaltando ese instante en el que la ficción construye verdad y deriva en consecuencias reales.

Su apoyo más importante para la construcción de Victoria fue Pedro Nadal García, el nieto 79 restituido por las Abuelas en 2004. “Con él tuve un montón de encuentros y charlas y me abrió su alma. Me contó su historia desde todos los niveles posibles: qué le pasaba a él cuando no sabía, que le pasaba a su hermano, la relación con su madre desaparecida, cuando apareció su padre haciéndose pasar por otra persona para acercarse a él”. Saccone era una esponja que absorbía lo que leía, veía o escuchaba. Comenzó con un trabajo de introspección para llegar a lo más íntimo intentando pensar qué le hubiese pasado a ella, qué emociones la hubieran atravesado si hubiera vivido esa situación.

“Entonces me inventé una historia antes de tener el libro – confiesa con una mueca pícara-. La inventé porque quería saber cuál podría haber sido la historia de Victoria, ¿qué era cuando era chica? ¿qué fue lo que pasó? ¿cómo fue? ¿qué recuerda de eso que pasó? Intenté construir esos momentos que van generando el trauma para después llegar a una relación con una hermana, que no sabía que era mi hermana y que encima estaba enamorada del hombre que yo quería”.

-¿Y qué historia inventaste?

-Me inventé que mi mamá me había encerrado en un ropero cuando sintió que los venían a buscar. Ella me había dicho que por nada del mundo salga de ahí, que por nada del mundo gritara. Entonces, mi abuela, que era la que siempre me iba a buscar al colegio por cuestiones de horarios, ese día fue y yo no estaba, nadie sabía nada de mí, así que fue a la casa, la encontró revuelta y abrió la puerta del ropero y estaba yo, calladita adentro, entre la ropa. Entonces por eso, por ejemplo, mis roperos en la novela no te- nían puerta. Todo lo escribí en una carta y se la envié a los guionistas para que supieran quién era Victoria.

A Viviana la interrumpe una emoción. Sus ojos se humedecen y su piel se eriza. Reconoce que fue un papel muy importante en su carrera. Fue premiada con un Martín Fierro a la Mejor Actriz de Telenovela, y fue Pedro Nadal a recibirlo porque ella estaba en San Luis filmando una película. “Aquel discurso de Pedro fue un gran cierre para la historia de mi personaje”, asegura.
El Humor como método

El primer acto de expropiación de Victoria Grigera fue para jugar. Tenía 8 años y le robó el oso a su prima, que asegura tenía “una casa más grande, muchos juguetes y sobre todo dos padres”. Victoria se sube al escenario y cuenta esa historia agarrando al oso bien fuerte. Después recuerda que una vez le dijeron que su padre la miraría siempre desde las estrellas... “¿Siempre? Ejem... ¿Siempre?”. Ella, de 37 años, hija de un detenido desaparecido, se crió con su madre sobreviviente. Creció queriendo ser Moria Casán, amando a Alberto Olmedo, escuchando a las Viuda e Hijas de Roque Enroll y aprendiendo en vivo y en directo de Alejandro Urdapilleta. Desde chica quiso ser actriz y tras años y años de castings, de quedar pre-seleccionada en algunos y morir en el último intento en otros, se decidió a tener su propio espectáculo: un show de stand up.

-¿Cómo te decidiste a hacer humor político?

-Lo hice porque daba el contexto histórico. Siempre digo que lo que yo cuento en Montonerísima no lo habría podido contar en los años 90, porque eran tiempos de milicos libres, de ausencia de juicio, públicamente no habría podido reírme de cosas de las que ahora sí me río, porque hay una especie de cicatrización social que vino de la mano del proceso de justicia. Y también ayuda el paso del tiempo, no dejan de ser duelos, aunque sean duelos sociales.

-¿El humor alarga la vida?

- Si no la alarga, la dignifica o la aliviana. Y mira que yo soy la mina más pesimista del mundo y todos los clichés de que los humoristas son mala onda, chinchudos (como le decían a Olmedo), no se si son verdad, pero yo soy así.

Victoria es transparente. En su stand-up es irreverente y provocadora. Se ríe de todos, pero antes se ríe de sí misma y desde ahí construye un texto que impacta, resuena, emociona. “El humor tiene un analgésico en serio, pero ojo si lo usás para negar todo, no va. Yo me río de cosas que sí pude llorar. Y eso es un requisito excluyente. Si no pasó por las lágrimas no pasa por la risa”.

Teo cuenta que apelaba al juego, al humor, para poder encarar el personaje: “Pensaba que estaba actuando a un hijo de desaparecidos que además es el director de la película, y era demasiada carga como para que uno pueda relajar- se –reflexiona Teo-. La actuación justamente es relajarse, soltarse... A mí me costaba una banda. Me acuerdo de que a veces era necesario que se convirtiera en un juego”.

El otro y el ser

Cada papel es importante. Cada personaje es un granito de arena. Si uno está abierto a absorber lo que un personaje viene a enseñar, uno se conoce más. Viviana Saccone, por ejemplo, forjó su identidad con contradicciones.

Cuenta que cuando vino a Capital Federal con tan sólo 18 años, desde Jeppener, un pueblito de la provincia de Buenos Aires, le costaba adaptarse a la ciudad y se sentía en inferioridad de condiciones.

Renegó de su origen un tiempo, era como que se avergonzaba... sin embargo, el camino le enseñó que lo mejor es ser fiel a uno mismo. “Hoy, con la madurez, estoy súper agradecida de toda mi niñez –remarca-. Estoy felicísima de los padres que tengo, del lugar de donde vengo, de lo mucho y poco que me han dado a todo nivel. Y eso de intentar ser lo que uno no es me hizo replantearme muchas cosas.”

Viviana frena, nos mira y nos regala una imagen. La imagen de un árbol, y sus raíces. Dice que nos detengamos en las raíces y lo que éstas significan para el árbol. Es que si uno reniega de sus raíces se pudre o se seca.

Mariano Torre también cuenta que, interpretando a Juan Cabandié, transitó el dolor y nunca pudo volver para atrás. Dice que una vez que te abren los ojos, aunque te tapes con las manos, ya ves.

Hacer de Juan modificó su ser. “Antes, yo me veía a mí mismo y era dos personas: una, la que yo era en la intimidad; otra, la que era para el trabajo, el personaje, el galán de la telenovela y todo eso...”. Lo compara con cami- nar con una sombra que es su yo verdadero que mueve los hilos de esa marioneta que él era cuando se interpretaba cada día. De alguna manera, concuerda con Crespo en que somos una construcción.

Con el tiempo, Torre siente que fue uniendo esos dos yo como si fuera un titiritero. Una sonrisa de paz puede detectarse en su rostro. Ser quien uno es. Transitar un yo. Palabras que resuenan. Palabras que construyen identidad.

 

vivianasaccone marianotorre vickygrigeradupuy analíacouceyro carlacrespo desaparecidos dictadura hijos actuación actores giselabusaniche lucíamerle
Escrito por: Gisela Busaniche.
@gisebu

ver más.

Fotos por: Lucía Merle.
Fotógrafo
@luciamerle

ver más.

COMENTARIOS
NOTAS RELACIONADAS

Diario Intimo

Convivencia entre un cronista y un actor

Escrito por: Alejandro Seselovsky.
@Aseselovsky
Leer Nota

Mirada Crítica

Todos diversos y desprejuiciados

Escrito por: Adrián Melo.
Leer Nota

El malvado en la cultura de masas

Oscuridad y vileza en la ficción argentina.

Escrito por: Gisela Busaniche.
@gisebu
Leer Nota
La revista de SAGAI.
Sociedad Argentina de Gestión de Actores Intérpretes .

+54 (011) 5219-0632 | info@sagai.org | www.sagai.org | Marcelo T. de Alvear 1490. CABA., Rep. Argentina.

© SAGAI (Sociedad Argentina de Gestión de Actores Intérpretes, Asociación Civil), 2011 Registro de propiedad intelectual N.º 5016803