Mis días con Alejandro

Mónica Villa, a 30 años de "Esperando la carroza"

"Cuando te dirigía Doria te amaba con la cámara: no la ponía en cualquier lado. No le daba o mismo ¡No le daba lo mismo, carajo!"

MÓNICA VILLA no era de las primeras en ser elegidas cuando, en el colegio, las chicas debían dividirse en dos equipos para jugar al voley. Es más, era de las últimas en ser seleccionadas en ese primer y brutal casting de aceptación juvenil que nadie podía eludir. Lo suyo, evidentemente, no era el deporte. Alejandro Doria sufrió la poca gracia física de Mónica en carne propia:  se enteró en el set de Esperando a la carroza, el clásico del cine nacional que cumplió tres décadas desde su estreno y sigue manteniéndose más vigente que nunca. “Hay una escena en la película, en la que mi personaje revolea por el aire una bandeja de masitas. Esa escena, la tuvimos que hacer cuatro veces. Doria me quería matar,” recuerda la actriz, que en el filme interpretó a Susana de Musicardi, la nuera desquiciada del tragicómico clan. “En aquel tiempo -cuenta-, se trataba de no repetir la escena porque se filmaba en celuloide y era muy caro. No se podía gastar mucho material. Tuvimos que grabarla varias veces porque las masitas volaban por el aire muy rápido, y no se veían bien en cámara. Entonces, Alejandro me decía que apuntara el golpe hacia la izquierda, para que la cámara pudiera tomarlas. El problema es que pese a mis esfuerzos las masitas siempre le caían a él sobre la cabeza. Incluso, en un momento, Alejandro se sentó debajo de la cámara y sin embargo hacia allá también fueron. Nos moríamos de risa. Al final, la 
escena salió, pero en todo este tiempo nadie se dio cuenta de que las masitas estaban hechas bolsa”.

LOS OJOS, SUS OJOS

No es de esas actrices que hablan por hablar, que dicen por decir, que se tropiezan con las palabras. Sólo abre la boca cuando cree que lo que va a decir es más interesante que guardar silencio. Actriz e investigadora teatral, concibe a cualquier manifestación artística como la posibilidad de trasformar lo social. “El arte debe cumplir una función social. Cualquier expresión artística debe transmitirle a la gente un mensaje, una idea, una pregunta. El teatro debería hacerlo. Y la televisión mucho más, pero no lo hace.”

-¿Por qué cree que la televisión debería tener una función social además de entretener?

-La televisión tiene mayor responsabilidad porque es el medio más popular de todos. El teatro no lo es, es un espacio reservado a un grupo específico de  personas. A la televisión se exponen todos los argentinos, nos iguala. Al teatro acuden unos pocos.

-¿Cuáles son las razones por las que la televisión no cumple esa función?

-Fueron quedando al margen los ciclos que acercaban a la gente a los cuentos clásicos de nuestra literatura. Ya no hay novelas en la televisión argentina. No digo teatro, porque teatroen televisión es muy difícil de hacer, requiere de otro tipo de montaje. Se perdieron todos esos espacios creativos y artísticos en los que los actores nos podíamos expresar. El que lo hacía maravillosamente era Doria.

Corte abrupto. Silencio. Respiración entrecortada. Es la primera vez, de muchas veces, que el nombre de Alejandro Doria se hace presente en la charla. Gradual pero rápidamente, el rostro se la actriz se transforma. Sus manos, hasta ese momento calmas, muestran una visible inquietud nerviosa. Sus ojos, ya cristalizados, buscan paz en un horizonte imaginario que trasciende las paredes del bar de Palermo. “Doria era un maestro de la televisión. Llevó a la tevé a grandes autores de teatro, pero también a autores jóvenes para capítulos de Situación Límite, encabezados por Jacinto Pérez Heredia. Doria acercó a la literatura y a los dramaturgos a la televisión”, dirá la actriz.

A tres décadas del estreno de Esperando la carroza, se impone abordar aquel éxito: esa comedia dramática, cuestionadora de la institución familiar, crítica de la hipocresía familiar. Villa debutó en la pantalla chica de la mano de Doria en Chantecler, especiales de ATC, en un pequeño papel que consiguió luego de llamar por teléfono (¡a las 7.30 de la mañana!) al director a su casa pidiéndole una oportunidad, tras años transitando el circuito off. “Alguna vez me confesó que me quería matar porque, encima, lo había despertado”, recuerda. Gracias a ese llamado comenzaron una relación intensa, al punto de que fue el mismo director quien le dio su primera posibilidad en cine, en Los Pasajeros del Jardín. La dupla artística continuó luego en la pantalla grande con El desquite y Darse cuenta, hasta que en 1985 se reencontraron en Esperando la carroza.

“Doria decía que para él eran fundamentales los actores, que no podía concebir la televisión sin los actores. Solía decir que lo que quería expresar como director sólo lo podía comunicar un actor...”

“Perdón”, se la escucha decir, no sin esfuerzo. Respira hondo y retoma la entrevista recuperando el contacto. Los ojos se vuelven a conectar. Otra vez. “Ingmar Bergman dijo una vez que poner la cámara era una cuestión moral. Para Doria también. Cuando uno trabajaba con Doria sentía que la cámara se metía adentro de uno, que se metía adentro de tu alma. Ningún actor era inmune a esa sensación. Única. Los actores sentíamos eso que sucedía y le dábamos lo mejor. Doria hacía que los actores dejáramos un pedazo de nuestra vida frente a esa cámara que nos tomaba”.

-¿Con ningún otro director tuvo esa sensación?

-Doria te amaba conla cámara. No la ponía en cualquier lado. No le daba lo mismo. ¡No le daba lo mismo, carajo! La firmeza con la que Villa realiza esa afirmación condensa admiración para quién la dirigió con maestría y sensibilidad. Pero no sólo eso: también esconde en ese puño cerrado y en el tono de voz que sube (por primera y única vez) una necesidad catártica que contrarresta la angustia que intentó contener desde que por primera vez habló de Doria. Es la sensación de que, con Doria, murió una manera de hacer televisión. De una época que difícilmente volverá en una pantalla chica en la que los asesores de marketing parecen ser los nuevos reyes. 

“Alejandro también hacía negocio”, aclara Villa, ya con una actitud corporal y oral más relajada. “Negocio y arte pueden ir de la mano. Esperando la carroza fue un éxito de taquilla, vendió muchísimas copias a infinidad de países. De hecho, se la volvían a pedir renovada porque él limpiaba el celuloide original, lo restauraba, todo el tiempo, y le volvían a comprar copias. Doria ganó plata con Esperando la carroza. Hizo dinero en televisión, con programas que tenían una búsqueda artística y comercial satisfactoria. Pero una cosa es hacer dinero, hacer un excelente producto comercial, y otra cosa es querer únicamente hacer una fortuna. Con un programa de actores no podés hacerte millonario. Lo que sí podés hacer es un excelente ciclo comercial, como lo ya hecho Pol-Ka, por ejemplo, donde participé en Mujeres asesinas y Malparida.”

-En los últimos años se instaló la idea de que el teatro es el espacio del actor, el cine del director y la televisión del productor. ¿Está de acuerdo con esa clasificación, o cree que se trata de una mera justificación del poder de los productores en la TV?

-No creo en esas definiciones. Yo soy de la escuela de Bergman, quien decía: “Los actores son los dedos de mis manos”. Lo que sucede es que cierto cine y -Para Doria no era lo mismo un actor que cual cierta tevé pueden prescindir de los actores.

-¿Cómo es eso?

-Podés hacer buen cine sin actores, como hizo Vittorio de Sicca con Ladrón de bicicletas. Pero sólo en ese caso. El resto de sus grandes películas las protagonizó Anna Magnani. Y llamaba a los grandes actores italianos. Pero el cine en manos de un gran director puede prescindir del actor como un hecho excepcional. En tevé están prescindiendo de los actores no por una búsqueda directiva sino por hacer su negocio: no quieren pagar grandes sumas por cachet. Y los actores queremos cobrar porque vivimos de y nuestros trabajos. Los productores tienen que entender que nosotros tenemos que vivir. Muchos productores no lo entienden.

-¿Siente la necesidad expresiva de estar en la TV?

-No. No me obsesiona estar en la tevé. A excepción de que m llame un gran director. Sentí esa necesidad cuando vivía Alejandro. Me moría por trabajar con él. Nada puede expresar con tanta certeza el vínculo que unió a un director y su actriz como las lágrimas que nuevamente inundan los ojos de Mónica Villa. Doria fue, en términos emocionales, su maestro y referente. No lo puede contener. Como si aquella cámara que la “tomaba” cuando él la dirigía, siguiera hoy amándola. Respira hondo, vuelve a mirar vaya a saber qué cosa otra vez, allá lejos, hace una pausa y sigue. -Para Doria no era lo mismo un actor que cualquier persona. Si me llamaba para hacer determinado personaje, era porque estaba convencido de que yo era la indicada. Que era la mejor opción para interpretar a ese personaje. Cuando el director quiere al actor o a la actriz con la que trabaja, te hace sentir de otra manera. No es que uno forma parte de una larga lista de opciones y si una no puede llaman a otra, o a aquella. No está bueno que convoquen a tal o cual actriz porque como hace mucho que no trabaja va a salir más barata que aquella otra, o que la convoquen a una porque es más mediática que otra. Eso es lo que no me entusiasma de la televisión actual.

PRESENTE CONTINUO

“Agradezco haber sido parte de Esperando la carroza, porque incluso en épocas en las que estoy sin trabajo la gente sigue viendo la película y yo sigo viva en el corazón de toda esa gente.”

Las palabras de Mónica no suenan a impostura. Tampoco tienen sabor a nostalgia. Al fin y al cabo, la actriz sigue arriba del escenario del Teatro La Comedia de La Plata, como protagonista de la versión de José María Muscari de La jaula de las locas. Humilde y agradecida, simplemente Mónica no reniega del lugar en el que la ubicó la película. “Esperando la carroza es cine popular, como en su momento lo fue el cine de Los grandes del buen humor, de Niní Marshal, de Lolita Torres”, subraya. “El cine popular es aquel que le llega al corazón a la gente. Esperando la carroza tiene el plus de tocar un tema que socialmente nos cruza a todos: ¿qué hacemos con nuestros viejos? Es una comedia, con situaciones grotescas y absurdas, pero sin dejar de ser una película social. Cuando hablo de social no me refiero a los grandes temas o a la cosa política de la sociedad, sino a problemáticas cotidianas, que nos pasan a todos en algún momento de nuestras vidas.”

Cuando se repasa el filme, más allá de los grandes nombres de su elenco, se pueden percibir personajes con un complejo trabajo de composición. Esperando... es un sainete criollo de calidad, en el cual el personaje de Villa no hace otra cosa que sacudir la basura debajo de la alfombra de cada hogar argentino. Un personaje al límite, que representa a ese familiar que en cualquier momento rompe con el protocolo de lo políticamente correcto.

-¿Cómo fue el trabajo de composición de Susana?

-Alejandro me hizo una propuesta, yo la probé, y no funcionó. Doria quería que hiciera otro tipo de personaje. Me había dado características que no iban con Susana. En su propuesta el personaje era más parecido a la enfermera que había hecho en Darse cuenta. La ensayé en casa y veía que no funcionaba. Entonces, con todo respeto, le dije a Alejandro que no iba y le propuse ir por otro lado. Y, él, sin saber qué había pensado, me dijo: “Hacelo”. Lo trabajé y quedó. Esa faceta de Alejandro de confiar en el actor era maravillosa,porque no era un tipo soberbio. Si él veía que su propuesta no funcionaba, y que otra sí encajaba mejor con la búsqueda, se quedaba con la que le era útil a la historia. No importaba de quién era la historia.

-¿Jamás anteponía su ego a la funcionalidad?

-Para nada. Yo tampoco lo hago. Tengo un ego bastante bajo.

-¿Pisoteado?

-No sé si tanto, pero no soy ególatra. Defiende lo mío, defiendo mi trabajo y mi personaje. Tengo carácter, pero no vanidad.

-Pero, ¿acaso no todos los actores tienen un poco de vanidad para poder soportar la mirada de los otros y recibir los aplausos?

-En todo caso, me destaco por tener mucha timidez. Soy una gran tímida. En el escenario veo la posibilidad de concretar sueños, de concretar todo lo que en la vida tal vez no me atrevo.

-¿O sea que lo encuentra terapéutico?

-Sí, puede ser, de alguna manera. Aunque soy más de pensar lo que decía mi maestra Hedy Crilla. Ella repetía en un forzado castellano: “Actor tiene que estar sano. Hacer teatro no es hacer terapia. Si estás mal, andá al psiquiatra”. Una tiene sus neurosis, claro. De alguna manera hay algo de terapéutico. Hay una necesidad de estar ahí arriba y mostrar ese personaje, darle rienda suelta a esa conducta, a esa patología. Por eso cada vez que termina una obra, una dice: “Ah, ya está”. Y tiene la sensación de que la vida es más liviana.
 

LA ARGENTINIDAD AL PALO

En 2015, se cumplieron 30 años desde el estreno de una de las mejores películas argentinas de la comedia moderna, lanzada el 6 de mayo de 1985. Dirigida por Alejandro Doria y protagonizada por China Zorrilla, Luis Brandoni, Antonio Gasalla, Mónica Villa, Betiana Blum, Julio De Grazia, Juan Manuel Tenuta, Lidia Catalano, Andrea Tenuta, Enrique Pinti y Darío Grandinetti, es considerada como un clásico de culto por su capacidad para representar e identificar a la idiosincrasia de la “familia argentina”.

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Escrito por: Emanuel Respighi.
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Fotos por: Lucía Merle.
Fotógrafo
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