Más fomento a la ficción nacional

Cómo preservar la producción audiovisual

Entre los nuevos desafíos, se inclulye institucionalizar el apoyo y tender puentes a la inversión privada.

La escena sucedió en medio de una pausa en una de las jornadas de grabación de la serie Estocolmo, pero la charla entre los técnicos, actores y productores se replica cada tanto y desde hace tiempo en los “tiempos muertos” de cualquier equipo de televisión. En pleno almuerzo, con la Cordillera de Los Andes oficiando de silencioso testigo, las bromas habituales cedieron ante una preocupación colectiva: ¿qué va a pasar con la ficción nacional en un contexto de baja productividad privada y audiencias dispersas? El interés por el futuro de la producción de ficción no es antojadizo: los proyectos privados en el género apenas si pueden sostener la apariencia de una “industria” que no es tal, y que en los últimos años se vio renovada gracias a los planes de fomento a la producción de ficción audiovisual del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa). La inquietud tiene que ver con institucionalizar esa política estatal que vigorizó al género, para no depender del pulgar de nadie. El financiamiento estatal a la ficción, comenzado en 2010, ha sido una de las principales herramientas con la que contaron los profesionales del género para sumar variedad, miradas, temáticas y lenguajes al siempre complejo universo televisivo. Nadie puede dudar de que la ficción en el país evidenció una proliferación de historias de aquí y de allá que enriquecieron y descentralizaron la oferta a la hora de contar historias. Los datos son contundentes: en este tiempo se produjeron o están desarrollándose más de 700 obras audiovisuales, lo que representa más de 4 mil horas de contenido federal. En la actualidad, hay 1200 horas en producción, contando series de ficción, animadas y documentales. La dimensión de esta política cultural, que dinamizó a un sector que construye identidad a diario, se percibe en que cada año generó aproximadamente 10 mil puestos de trabajo directo. Muchos profesionales que habían dejado de ser parte del star system volvieron a trabajar. Otros, nuevos, pudieron probar si aquellas ideas que durante años no podían trascender el espacio de la fantasía encontraban eco en el público.

La iniciativa estatal es el principal impulsor que tuvo la ficción argentina en los últimos años. El Estado invirtió en la promoción de la industria audiovisual. Esa política favoreció la producción en diferentes puntos del país como nunca antes había pasado en los más de sesenta años de historia televisiva. Quebró el porteño-centrismo productivo histórico. Sin embargo, resulta difícil sostener esa inversión en el tiempo. Saltar a una fase superadora, en la que no sólo se garanticen los fondos para la producción sino que además pueda atraer a la inversión privada, parece necesaria. En definitiva, crear un círculo productivo virtuoso, en el que el apoyo estatal no sea el principal y único sostén de un circuito que cuenta con el riesgo de desvanecerse por cuestiones políticas.
“Lo grave sería que con un cambio de gobierno no continúen estas políticas de fomento audiovisual que estimulan a la industria y a la cultura popular.” Lo dice Pablo Culell, socio de Sebastián Ortega en Underground producciones. Este productor no duda de que la conjugación entre intereses el sector privado y estatal podrían sentar las condiciones para la conformación de una industria sustentable. “Una industria audiovisual necesita de cantidad, de calidad, y de una mirada popular y no elitista, pero sin dejar de lado expresiones artísticas más segmentadas a públicos específicos de todo el país, con sus tradiciones y su idiosincracia. El público que necesita sentirse identificado en la expresión cultural. Creo en un mix entre lo público y lo privado, y una retroalimentación entre ambos. Más allá de coyunturas políticas y económicas, la tevé argentina es interesante, heterogénea y tiene grandes recursos humanos y creativos que le dan potencialidad exportable”, subraya, quien desde su empresa abastece de series a Telefe.
También es cierto que a los planes de fomento les faltó una mayor articulación con los canales y señales emisoras de las series y documentales. El entusiasmo y el compromiso de los canales en estos años fue desparejo. Muchas series interesantes pasaron de largo y se desaprovecharon por estar programadas en horarios marginales o por contar con poca promoción. La exhibición y las pantallas fueron un problema para que la enorme cantidad de horas producidas tuvieran la posibilidad de ser vistas por grandes audiencias. En el competitivo mundo audiovisual actual, donde Internet borró cualquier tipo de fronteras e imposiciones, ya no basta con propuestas interesantes para poder destacarse. La producción tiene tanta relevancia como la emisión. La vieja idea de que “el contenido es rey” no pierde vigencia (¿qué otra cosa es lo que atrae sino las historias?) pero habría que hacerle un agregado: en la era digital, el contenido bien distribuido pasó a ser el nuevo amo.

Más allá de la producción, la calidad y la distribución de los contenidos, el interrogante pasa por saber cómo se debe pensar una segunda etapa de fomento audiovisual, capaz de sostenerse en el tiempo. Un modelo sustentable que libere a la producción de los vaivenes económicos y políticos argentinos. En ese punto, el modelo implementado en Brasil, a través de ANCINE (una suerte de Incaa del país vecino), parece ser una posibilidad a la cual la “industria” en su totalidad debería aspirar.
“Ellos crearon una ley que, en síntesis, obliga a las señales de cable extranjeras a producir un porcentaje de su programación en Brasil, con productores independientes locales”, argumenta Claudio Martínez; esos concursos del INCAA le permitieron a El Oso Producciones animarse a la ficción con Milagros en campaña. “Esa ley -cuenta el productor- está produciendo un verdadero boom en la industria brasileña. Hay cientos de nuevas productoras y mucho trabajo para todos los rubros audiovisuales. Las señales extranjeras obtienen una desgravación impositiva y vuelcan esos recursos en producción brasileña, la cual crece en volumen y, a la vez, en calidad; ya que tiene que trabajar de acuerdo con estándares de realización internacionales. El Estado resigna recursos porque deja de cobrar impuestos, pero promueve un encuentro virtuoso entre productores y canales. Seguramente habrá problemas y contradicciones que a la distancia no vemos, pero como modelo parece muy interesante.”
La Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual aprobada a fines de 2009 constituyó un paso importante para el surgimiento de nuevos actores y para la promoción de la producción propia e independiente. Sin embargo, aquella legislación que tanto costó defender por diversos protagonistas de la comunicación y la cultura no contempló en su redacción final la inclusión de una cuota mínima de producción de ficción para los licenciatarios. “La nuestra es una ley que pareció escrita por el mundo académico pero que no se pensó en relación con la industria, a diferencia de la brasileña. Hay muchas producciones federales, que permitieron multiplicar los realizadores y las miradas, pero que tuvo relevancia cero en términos de contenido para la industria”, afirma Diego Guebel, creador de Cuatro Cabezas y actualmente director artístico de Bandeirantes, la tercera red de televisión más importante en Brasil.
La exigencia de una cuota de pantalla mínima en relación a la ficción, sumada a una política de desgravaciones impositivas para su fomento, parece ser en la actualidad la llave que podría despejar un horizonte nuboso. El anteproyecto de Ley de Promoción a la Industria Audiovisual parece ser una interesante herramienta para el sector televisivo, enfocado a que las señales extranjeras de tevé por cable que produzcan contenido nacional se beneficien con exenciones impositivas. “Las señales extranjeras de comunicación audiovisual que difundieren programas de ficción, animación o documentales en un total superior al cincuenta por ciento de su programación diaria, que sean incluidas en las grillas de los servicios de televisión por suscripción comercializados en la República Argentina deberán producir contenido audiovisual nacional en un mínimo de 3.30 horas semanales y emitirlo en horario prime time, y la mitad de dicha producción deberá ser producida por productoras nacionales independientes. Al menos la mitad de los contenidos audiovisuales deben haber sido producidos dentro de los cuatro años previos a su emisión”, señala el artículo 3 de un proyecto que aún aguarda su tratamiento legislativo.

La necesidad de impulsar un plan de promoción de la industria audiovisual de estas características, que contemple beneficios fiscales, resultará en la posibilidad de dar un salto histórico cuantitativo y cualitativo en materia de atracción de inversiones, generación de divisas, empleo de calidad, y la posibilidad de exportar la cultura argentina afianzando los logros y los reconocimientos obtenidos hasta hoy. No es casualidad que normativas de este tipo son -con sus diferencias- el principal sostén de la producción audiovisual en países donde la producción audiovisual es una industria de hecho, tales como Brasil, Estados Unidos, Inglaterra, México, Francia, Colombia y España, entre otros.
La industria cultural no sólo construye ciudadanía, refuerza identidad y entreteniendo a los públicos más diversos. También constituye un sector vital de la economía argentina, representando el 3,5% del Producto Bruto Interno, superando en importancia a sectores como el de la minería o la pesca. La garantía de que la producción audiovisual pueda continuar desarrollándose dependerá fundamentalmente de la creación de las condiciones económicas, indispensables para vehiculizar el talento y la creatividad artística argentinos. Una obra coral que requiere del compromiso de todos los actores de un sistema que debe empezar a pensarse colectivamente.

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Escrito por: Emanuel Respighi.
@erespi

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