Militancias Argentinas

Luchar para preservar la potestad sobre el cuerpo, el trabajo, el club o el matrimonio homosexual. Historias de actores y actrices

Sus vidas en un instrumento para el cambio colectivo, y que aquí detallan cuáles son los costos y las satisfacciones de involucrarse.

Tiene 18 y el miedo en el cuerpo: el test dio “positivo”. En 1998, Marina Glezer le pagó ochocientos pesos –lo que hoy serían unos 12 mil– a un médico abortis
ta de Barrio Norte para que pusiera punto
final a un embarazo. Seis meses tardó en 
elaborar el duelo –“el infierno”, como le 
dice ella–. Y, al reponerse, empezó a sen
tir como si fuera causa propia al drama
 de otras mujeres que no tienen derecho
 a elegir. “Las ricas abortan y las pobres se
 mueren”, denuncia, a la par que participa 
en marchas y utiliza los medios de comunicación para sentar posición. Hace poco, 
publicó en Facebook un texto en primera 
persona sobre el tema, y se volvió viral. 
Marina lucha por la ley de Interrupción
 Voluntaria del Embarazo (IVE). Y, aunque 
es consciente de que su discurso tiene un costo a nivel laboral (“porque te hacen fama de conflictiva, de brava, y mejor llamar a alguien con perfil bajo, que sea ‘pro-vida’, como si yo fuera otra cosa”), está dispuesta a dar batalla para que el aborto sea ley.
El antropólogo Alejandro Grimson define este tipo de luchas como “reivindicatorias del individuo: una militancia por la soberanía sobre el propio cuerpo; contra el Estado y el mercado, que intentan frenar los impulsos del ser con prohibiciones y coacciones culturales”.

La militancia de actores comenzó con los actores: a lo largo de las décadas se plasmó en diversos rostros: Enrique Santos Discépolo militando por Perón, o Brisky gritando: “Que se vayan todos”. Norma Aleandro, exiliada en España durante la dictadura; Lito Cruz, resistiendo pese a la advertencia a la vida. Leonardo Sbaraglia, repartiendo, recientemente, boletas de “Scioli 2015”; Martín Seefeld, poniéndole la voz a la campaña de Macri. Pero para muestra insoslayable de la militancia en 2015: es Erica Rivas, conduciendo la marcha #NiUnaMenos frente al Congreso, multitud así de espontánea como masiva. No hay rangos ni jerarquías entre las distintas manifestaciones de la militancia, pero sí diferentes grados de exposición: la más castigada siempre fue la labor gremial.

 

MIRTA: PRESERVAR EL EMPLEO


Enfrentarse a la patronal le valió a Mirta Israel su puesto de trabajo. En el 2007, la actriz integraba la tribuna de Susana Gimenez cuando se abrieron las paritarias para acordar con la empresa el porcentaje de aumento salarial. En ese momento, también se puso en discusión un cambio de convenio. Los empresarios amenazaron con cercenar derechos y el sindicato dispuso trabajar a reglamento y realizar asambleas. Mirta y otro compañero fueron elegidos como delegados del elenco. Cuando el conflicto terminó, se renovaron todos los contratos menos los de ellos.

“La militancia gremial –explica Grimson- tiene el énfasis puesto en la colectividad. Incluso existe una deliberación acerca de las desigualdades que son legítimas: quienes tienen más estudios, trabajan en zonas desfavorables y en rubros insalubres deben ganar más. Hay acuerdo en cuanto a la igualdad y la desigualdad y no admite decisiones individuales.”

-Durante la disputa me encontré con compañeros que decían que con tal de figurar aceptaban laburar gratis –ejemplifica Mirta-. Yo les explicaba que si ellos trabajaban gratis cagaban al resto porque no nos iban a contratar. Ahí me di cuenta de que la lucha era hacia el interior del sindicato, que había que militar para crear conciencia del colectivo y que los actores se reconocieran como trabajadores.

ESTEBAN: PELEARLA EN LA JUSTICIA

Cansado de que el canal Volver repitiera las novelas en las que participó sin pagarle derechos por el uso de su imagen, Esteban Massari se unió a un grupo de colegas y descendientes de actores en su misma situación y le inició un juicio a Artear, la empresa del Grupo Clarín, propietaria de Volver. En su caso particular, el canal emitió las series Regalo del cielo, Más allá del horizonte, Tu mundo y el mío, Inolvidable y Poliladron y la película Revancha de un amigo sin compensarlo monetariamente.

En mayo de 2015, la Corte Suprema confirmó una sentencia de la Cámara Civil y conminó a la empresa a pagar a los actores reclamantes. Grimson explica que esta militancia no concibe al juicio como fin en sí mismo sino como el afán de sentar jurisprudencia para que el derecho conseguido se expanda a otros. “Sentí que se había hecho justicia –se complace Massari-. Me devolvieron parte de las ganancias que obtuvieron durante años a costa mía y de mis compañeros.”

GIANNA: AYUDAR A REÍR


La sensibilidad propia de los artistas es la que los lleva, en muchos casos, a pronunciarse contra una injusticia y plantear una intervención. A su vez, muchos construyen su ser militante a partir de las herramientas que les da el oficio. La segunda vez que Gianna Prado ingresó al Hospital Garrahan tenía 29 años. Vestía un ambo de lunares, nariz de payaso y una galera con la inscripción “De cerca nadie es normal”. Su primera experiencia fue con un paciente de 4 años, con la cabeza recién afeitada por un tumor. Abrió la puerta de la habitación, agarró el control remoto, se sentó a su lado y cambió de canal. “Él se mataba de risa, porque la mamá estaba al lado leyendo una revista y ni me había registrado. Enseguida, la complicidad se transformó en carcajada”, recuerda Gianna, que lleva 4 años recorriendo los hospitales públicos y 17 los geriátricos vestida de clown.

Pero la primera vez que ingresó al Garrahan tenía 12 y una malformación en el hígado y la vesícula que derivó en trasplante. La comida que entraba a su cuerpo se iba para cualquier lado y, a veces, ni siquiera podía soportar el agua por los cólicos que le provocaba. Estuvo casi un año internada. Fueron días largos que dejaron su marca: una cicatriz de 30 puntos en la panza. Pesaba 38 kilos y mientras todos sus compañeros iban a los asaltos ella estaba en cama. Cuando el cuerpo se lo permitía, participaba del convite pero se quedaba a un costado: “Era la época de los lentos y a mí nadie me sacaba. Mis piernas parecían tubitos y no le gustaba a nadie. Un día un compañero se acercó y me dijo: ‘sos muy flaca, que asco’”, y arrojó a ras del suelo la autoestima que aún conservaba.

Cuando terminó el secundario comenzó a investigar qué le pasa al cuerpo cuando se ríe, cuando escucha o ve cosas lindas. Hoy, Gianna se define como una “militante de la risa” y en su derrotero cuenta con haber compartido una jornada en el Garrahan con el verdadero Hunter Doherty “Patch” Adams. Según Grimson, no es relevante que Gianna milite sin una organización detrás: “Lo importante es que haya un interés por el otro. La acción individual puede ser un motor de cambio para un conjunto. Sin embargo, cuando estas acciones se articulan en un proyecto colectivo se multiplica el potencial a niveles inimaginables. Ambas formas de militar son válidas, sólo que tienen otra efectividad”. En lo profesional, durante 2014 y 2015 Gianna dirigió Andamiajes, lo que no se cura se padece. La obra abordó la problemática de la discriminación y contó con el apoyo del Inadi, el ministerio de Derechos Humanos y el equipo Aba Anti Bullying. En mayo de 2016, proyecta estrenar Me entro la mesa en la cocina.

MARTÍN: POR SAN LORENZO EN BOEDO


Es jueves 24 de diciembre y Martín Cutino está afónico. Me cuesta entenderlo. Su voz se pierde y se quiebra o simplemente desaparece. Anoche estuvo agitando hasta las dos de la mañana en lo que más tarde va a definir como su “Navidad cuerva”, la confirmación de la vuelta de San Lorenzo a Boedo después de 36 años. “A simple vista la militancia vinculada a un club de fútbol parece banal –dice Grimson– Pero como en este caso (los militares) le amputaron la identidad barrial al club, estamos ante una militancia que busca fortalecer la identidad colectiva de Boedo.”

—Si hubiera sido carpintero –me explica Martín- hubiera aportado construyendo las tribunas. Porque acá lo importante es ayudar al club y cada uno lo hace con las herramientas que tiene. Y la mía es actuar.

Con un grupo de colegas construyó un frente de artistas independientes, desde donde realizó diez trabajos audiovisuales para ayudar a San Lorenzo. Spots, cortometrajes y un documental. Como suele ocurrir en el fútbol, la pasión azulgrana es una herencia familiar. Su abuelo y su padre eran socios del club. La primera vez que vio jugar al equipo fue contra Racing, tenía 12 años y gran atracción por los colores, la camiseta, las banderas y los cánticos. Una fascinación que describe como “identidad”.

MARÍA CECILIA: VIVIR EN LA VERDAD


María Cecilia Mazzetti se suma a los artistas que transformaron su historia personal en militancia. Oriunda de Santa Fe, es una de las fundadoras del Teatro por la Identidad de esa provincia. Pero ése es el final de la historia. En mayo del ‘76, a los 16 años, se casó con su compañero de militancia de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), Roberto Daniel Suárez. Tres meses después, mientras cursaba un embarazo de dos meses, fue secuestrada, interrogada y torturada. Su hijo nació en cautiverio y fue entregado a sus padres. En paralelo, secuestraron y desaparecieron a su pareja. Cuando Cecilia recuperó su libertad su hijo Sebastián tenía 20 meses.

En abril de 2015, cuando se inició el juicio por la llamada “Megacausa” de Santa Fe, Sebastián contó: “Yo no la había visto nunca, era una persona extraña que venía a separarme de mis padres, por decirlo de una forma, que eran mis abuelos. Fue muy jodido para mí y para ella”. Pero, a fuerza de paciencia y amor, el vínculo se reconstruyó y Cecilia comenzó a militar por los derechos humanos, fue testigo y querellante en la causa Brussa y luego en la Megacausa, que se lleva a cabo en el Tribunal Oral Federal de esa ciudad. Desde Teatro por la identidad, habla de memoria, verdad y justicia. “Vivir en la verdad es lo que nos hace libres”, dice. Aunque a veces puede ser doloroso.

IVÁN: HACER ARTE POR EL PO


Iván Moschner expone sus convicciones y sienta batalla a través de sus obras. Como militante del frente artístico del Partido Obrero, el actor sintió como propio el asesinato de Mariano Ferreyra a manos de una patota sindical liderada por el ex secretario de la Unión Ferroviaria José Pedraza. Además de participar en las movilizaciones y reclamar que Pedraza vaya a la cárcel, Iván escribió junto a una compañera (Luciana Morcillo) la obra Parpadeá si me escuchás, que luego puso en escena el grupo Morena Cantero Jrs.

Arte y militancia dialogan desde siempre. Grimson pone como ejemplo el Guernica de Pablo Picasso, los cuadros de Antonio Berni y los textos de Bertolt Brecht. Para el antropólogo la calle como espacio de militancia es más novedosa que la obra artística: “Lo que la mayoría podría envidiar de estos artistas es que pueden vivir de su militancia. Que ese es su trabajo”.

Iván cuenta que la obra surgió de una necesidad primitiva de hablar del tema. “Todos veníamos siguiendo la lucha contra la tercerización laboral y el asesinato del compañero nos devastó”, dice. Junto al grupo de teatro independiente, escribió otras obras con temáticas de fuerte impacto social como el asesinato de José Luis Cabezas y la condena a Romina Tejerina. En total, el grupo lleva hechos 98 “materiales urgentes”.

PABLO: APOYAR UN MODELO POLÍTICO


Con algunas excepciones, como los pedidos de justicia por los atentados a la Embajada de Israel y a la AMIA, en los ’90 casi no hubo militancia. Recién en el 2000- 2001 se reactivó, y el kirchnerismo supo recoger el asambleísmo de esos años y encauzar el fervor por salir a la calle. Lo cierto es que en 2003 se inició un nuevo clima de época donde los ciudadanos –y sobre todo la juventud– se apropiaron de la calle reavivando la militancia en todos sus ámbitos: sindical, política, social y cultural. En el caso de los artistas, el kirchnerismo impulsó varias medidas que beneficiaron al sector – como la prolongación de licencias de radio y televisión, la creación de la Televisión Digital Argentina, la aprobación de nuevas señales de cable, la creación de Sagai, el aumento significativo del presupuesto del Incaa y los incentivos a la producción audiovisual de Canal 7 y Encuentro– por lo que no asombra la defensa del “modelo” por parte varios actores.

—Me sorprendió que no nos pidan nada a cambio –dice Pablo Echarri en relación al decreto que firmó Néstor Kirchner en el 2006, permitiendo que losactores cobren derechos por el uso de su imagen y posibilitando la creación de Sagai.

El protagonista de La Leona, la nueva ficción de Telefe, fue uno de los actores que negoció con el Ejecutivo la letra del decreto: “Era una deuda histórica pero el descreimiento que teníamos respecto a la raza política nos hizo creer que en algún momento íbamos a tener que hacer algún tipo de contraprestación y no fue así”. El hecho significó un quiebre para el actor: “El despertar fue tan grande que decidí involucrarme. Descubrí un modelo político que no sólo saldaba deudas con nosotros sino también con el resto de los sectores relegados de la sociedad. Eso fue una constante en los 12 años de Gobierno e hizo que mi apoyo fuera absoluto, sin medir consecuencias, confiando plenamente en Néstor y Cristina y asumiendo los errores”.

Sobre el compromiso político de los actores, Grimson analiza que “en sociedades despolitizadas siempre implica un riesgo para el artista, para su capital simbólico y su prestigio. Incluso, sobre la participación de Echarri, muchos dicen ‘por algo será’, cuando es absurdo. Cualquiera sabe que no necesita recurrir al poder para tener trabajo. Es al revés: puede ser que algún productor lo deje de llamar por estar pegado a una disposición política. Perder en lo personal para apostar a lo colectivo es de lo más valioso de la militancia”.

ERNESTO Y ALEJANDRO: IGUALDAD

El 30 de junio de 2010, el actor Ernesto Larresse y el representante de artistas Alejandro Vannelli se convirtieron en la primera pareja en dar el sí en Capital Federal. “Estaría bueno hacer nuestra foto en la Catedral”, propuso Alejandro una semana atrás. Y acá estamos, en el principal templo católico del país, con una pareja de hombres que pese a la negativa de la Iglesia consiguió a fuerza de militancia la libreta roja. Pero aunque la pareja siempre comulgó con la idea de libertad, durante años mantuvo un perfil bajo. Su militancia en pos de las minorías sexuales no fue gradual sino que tiene un inicio exacto: el 13 de junio de 2007. La idea se le ocurrió a un miembro de la Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans (Falgbt) en junio de ese año: Alejandro y Ernesto tenían que casarse.

La militancia LGBT es de las más recientes. “La sociedad está organizada a partir de un concepto heteronormativo, machista y jerarquico que va en contra de la igualdad de derechos –explica Grimson–. Esta militancia busca que cada individuo pueda tener plena libertad de sus decisiones y rompe el paradigma de la familia tradicional. A su vez, a los hetero nos repone en nuestra propia elección y la desnaturaliza.”

La Federación buscaba que una pareja famosa militara la causa poniendo el cuerpo. Ellos llevaban 31 años juntos, eran personas públicas y sólo su círculo íntimo sabía de la relación. La cobertura mediática estaba garantizada. Palabras más palabras menos eso fue lo que le explicó el periodista Bruno Bimbi –autor del libro Matrimonio Igualitario (Planeta) y por entonces secretario de Relaciones Institucionales de la Falgbt– a Alejandro una tarde de otoño en un bar de Rivadavia y Callao.

Alejandro llegó a su casa, le contó a Ernesto la idea y en menos de 24 horas la pusieron en acción. En paralelo, consiguió que 48 actores de renombre graben spots apoyando la normativa y les pidió a Boy Olmi, Mercedes Morán y Gerardo Romano que oficien de testigos. La “operación matrimonio” estaba en marcha. La pareja se había conocido en enero de 1976. Ernesto era parte del elenco de Las Mil y Una Nachas, que se iba a presentar en el complejo teatral Estrellas, y Alejandro trabajaba haciendo la prensa de los espectáculos de Antonio Gasalla en el mismo complejo. Entre ensayos, camarines y un país con botas militares empezó la relación. Ellos pensaban que se trataba de un amor fugaz. Nada más lejos. Si militar por el matrimonio igualitario podía servir para impulsar la ley, ellos estaban dispuestos a ser los conejillos de indias.
Finalmente la ley tuvo dictamen favorable y el 15 de julio de 2010 Argentina se convirtió en el primer país de América Latina y el décimo en el mundo en ofrecer a las parejas del mismo sexo casarse en iguales condiciones que las heterosexuales. Alejandro y Ernesto hicieron una fiesta para 400 personas en un salón de Palermo y empresas de catering, foto y video se pelearon por sponsorear el evento. Fue un festejo político que ni la ex presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner, se quiso perder. Les entregó un portarretratos dorado con su foto autografiada y el mensaje “34 años no son nada, vamos por más”. Es el regalo de bodas preferido de la pareja.

OPINIÓN – MARTÍN KOHAN

LOS QUE DAN CUERPO A UN DISCURSO POLÍTICO

“Tal vez la noción de ‘actor militante’ –advierte el autor de esta nota- no sea sino una reformulación de aquello que, a fines de los años sesenta y comienzos de los años setenta, dio en llamarse ‘compromiso’.”

No es tan sólo el “culto a las estrellas” de cine, del que habló Walter Benjamin en 1936, ni tampoco es tan sólo el imperio aparentemente definitivo de la ya famosa “sociedad del espectáculo”, denunciada por Guy Débord en 1967, lo que nos permite dar cuenta hoy del lugar social que puede tocarles ocupar a los actores y a las actrices. La tan mentada farandulización que aflige a nuestra época se resuelve mayormente en el hábito indecoroso de exponer públicamente las miserias de las vidas privadas. Pero dentro de este proceso de distorsión y amplificación mediática, hay un aspecto a considerar, y es un cambio (cuantitativo, pero también cualitativo) del régimen de notoriedad social. Quienes cuentan con esa notoriedad o acceden a ella, entendiendo por notoriedad algo más que la mera condición de la fama, disponen de cierta visibilidad, y encuentran en esa misma visibilidad la posibilidad de tomar posición: de definirse ideológica y políticamente, de pronunciarse, de intervenir.

Las vías de figuración mediática se multiplicaron exponencialmente en estos últimos años; no todas, en cualquier caso, han ido a parar apenas al rito cholulo de los locos por los astros o al bullicio conventillero de los que salen a mostrarse con la intimidad personal al aire. Lejos de eso, no pocos se valieron de esta era de sobreexposición para plantear sus ideas al público y abrir con ellas una eventual discusión.

Tal vez la noción de “actor militante” no es sino una reformulación de aquello que, a fines de los años sesenta y comienzos de los años setenta sobre todo, dio en llamarse “compromiso”. Cuando se habla, hoy en día, de periodistas militantes, de actores militantes, etcétera, no se dice nada sustancialmente distinto de aquello que por entonces designaba a los periodistas comprometidos, los actores comprometidos, etc. Y por ende, no son sustancialmente distintos los aspectos que en torno del tema pueden considerarse y debatirse. Por lo pronto, hay un punto a precisar desde un comienzo, y es en qué consiste concretamente, o dónde se ejerce concretamente, esa práctica militante o ese compromiso.

Cuando este asunto fue planteado en el campo de la literatura, el dilema quedaba ya instalado: no era lo mismo el compromiso personal que un escritor podía asumir como ciudadano, en términos de participación política o activismo partidario, que el compromiso que pudiese asumir a partir del reconocimiento social con que contara, para hacer por caso declaraciones públicas en un sentido o en otro, o que el compromiso que podía asumir en su práctica específica, esto es, con los libros y en los libros, con la escritura y en la escritura.

En torno de la figura del actor militante o la actriz militante, cabría considerar esa misma clase de interrogantes. Existe, por una parte, una militancia practicada a nivel de las iniciativas personales de participación, en términos de una responsabilidad ciudadana; así, por poner un caso, la decisión de Héctor Bidonde

de involucrarse en la tarea política y convertirse él mismo en candidato y luego en legislador por la fuerza de izquierda Autodeterminación y Libertad. O bien existe el afán de que el propio trabajo actoral cobre el carácter de una responsabilidad política; como supuso para Natalia Oreiro, por ejemplo, protagonizar una película como Infancia clandestina.

Pero el cambio más apreciable en estos años ha estado, según creo, en la disposición a aprovechar los lugares de notoriedad para manifestar adhesiones, discordancias, diversos puntos de vista políticos. Acaso porque se le otorgó, en general, otra clase de valor a la política y a la manifestación de las propias posiciones. Entre los periodistas, la discusión se desarrolló en términos de la posibilidad o la imposibilidad de ser neutrales en su tarea (según Sartre, para la literatura, la alternativa de la neutralidad no existía, toda vez que prescindir de tomar posición ya era una manera de tomar posición). Si siempre se habla desde una determinada postura ideológica, lo más honesto es declararla (y no escamotearla o disfrazarla de noble prescindencia). Un debate como éste no puede trasladarse sin más al caso de los actores, porque no hay en la actuación una misma relación con la realidad de los hechos políticos y sociales, ni con la función específica de informar sobre ellos, narrarlos, darles sentido. Lo que sí se abre, en todo caso, en términos de militancia, es esa posibilidad de tomar posición y de pronunciarse (en resumen, como se decía antes, de “comprometerse”), de dar cuerpo a un discurso político para ponerlo en circulación en la esfera pública. Ocurre entonces que, por mencionar algunos casos, Pablo Echarri o Andrea del Boca, Florencia Peña o Alejandro Awada, aparecen públicamente para decir lo que piensan, para expresar su adhesión a determinadas políticas, para argumentar sus entusiasmos o sus disidencias. Ahora bien: ¿a qué se debe, podríamos preguntarnos, la propensión a dar por sentado que al hablar de actores militantes nos estamos refiriendo necesariamente a aquellos que adscribieron al kirchnerismo? Yo mismo parezco estar reproduciendo ese prejuicio, y por eso me apresuro a hacer la salvedad. Puede que eso responda al hecho de que el kirchnerismo apeló con decisión a esta figura de la militancia, aplicada a ámbitos diversos; puede que responda al hecho de que fue con el kirchnerismo que la política como tal recuperó su prestigio para buena parte de la sociedad argentina, después de la defenestración general que le cupo a fines de 2001. En cualquier caso, sin embargo, no es menos actor militante Alfredo Casero que Leonardo Sbaraglia; ni es menos actriz militante Mirtha Legrand que Nacha Guevara. Lo que sucede es que aflora en ocasiones un tipo de militancia política que no osa decir su nombre. Se ofrece, para el caso, como un exabrupto de virulencia personal; o se pretende, en otra forma, como simple reproducción de aquello que “opina la gente”.

Pero, ¿no es eso precisamente lo que ha estado ocurriendo con la política, entre nosotros, en todo este tiempo? Algunas veces se ejerció bajo la forma del acuerdo ideológico y el desacuerdo ideológico con un determinado proyecto, de la voluntad de movilizarse y participar. Otras veces se ejerció mediante la sola liberación pulsional de exabruptos y virulencias personales. Y otras veces se ejerció pretendiendo no ser política, pretendiendo no tener ideología, con camuflaje de sentido común, poniendo de excusa a “la gente”

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Escrito por: Débora Maniowicz.
@debmaniowicz

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Fotos por: Nahuel Alfonso.
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