Fiesta anual de SAGAI

Noche de alegría y ligereza

La fiesta es lo que ocurre en su cabeza mientras mira la fiesta. El cronista nos narra su laberinto, perdido entre las luces y las sombras del tradicional encuentro anual de socios que organiza SAGAI. Mientras merodea el espacio Darwin, piensa el fisgón: "Acá están todos, los vivos y los muertos. Los vivos sacándose fotos en la alfombra roja de la entrada. Y los muertos acá conmigo, en la trama silente de la memoria."

Un actor. Dos actores. Mil. Mil quinientos. Todos en el mismo lugar desfilando inadvertidamente para mí. No me alcanzan los ojos, el cuerpo entero no me alcanza. Guarda, no soy un cholulo caza-autógrafos, estoy a salvo de ese impudor. Sí soy un voyeur, un observador secreto al otro lado del espejo, alguien que mira desde el fondo de su propia sombra, desde la torreta perfecta de la identidad suprimida. Es un lunes de noviembre, son las nueve de la noche y la fiesta de fin de año de SAGAI, como yo, va ganando temperatura. Un actor. Dos actores. Mil, los que hayamos visto a lo largo de una vida de películas, programas de televisión, obras de teatro, comerciales, esa gente que una vez nos dio un personaje y ya se quedó adentro, alojada, sin que nos diéramos mucha cuenta en el momento porque se trataba de una operación emplazada en el futuro. Pero un día el futuro llegó y esta noche acá están todos, los vivos y los muertos. Los vivos sacándose fotos en la alfombra roja de la entrada. Y los muertos acá conmigo, en la trama silente de la memoria. Mirar es un poder que se ejerce en la intimidad de la conciencia y yo los miro porque así me los quedo.

En la puerta del Espacio Darwin, a unos metros del vallado que separa figuras de camarógrafos, Graciela Borges y el hijo de Jorge Porcel quedan por un segundo involuntario en el mismo cuadro: uno le pasa por al lado al otro y de golpe son un fotograma de lo ancho que se ha puesto el mercado de la fama y la celebridad: el barro mediático, la borra mediática, y la mujer leyenda, alto cine. Echarri, Marrale, Arana (Hugo, el grande) y el youtuber del comercial de Telefónica. Un actor o una actriz es, antes que nada, una cara. Después, es una línea dicha para siempre, un tópico o una voz. Finalmente, es un habitante del cuerpo que le ha entregado su fe: ese señor que sonríe no es Leyrado, es Panigassi y es también el milico hijo de puta de Los chicos de la guerra. Se te meten en el cuerpo porque una vez les creíste, porque una vez lo hicieron lo suficientemente bien como para hacerse creer.

Ese chico de remerita negra no es Juan Minujín, es Segundo Arostegui, Second, el polista al que le lleva sesenta capítulos de una telecomedia asumirse no gay sino puto y es también el puto oscurecido que se hace flagelar por su chongo en slip de cuero en Un año sin amor. Pasan Echarri, Dupláa y Grandinetti: la fiesta es lo que ocurre en mi cabeza mientras miro la fiesta.

Tengo diez años y estoy en el living de mi casa frente al televisor Noblex de perilla redonda. Acá me dejaron sentado las viejas que me crían para que pase la tarde, la noche. Mi mamá tiene 50 años y su hermana, que siempre vivió con nosotros y es su brazo armado, anda por los 60. Son del interior y les falta la enzima progresista que valora la sofisticación narrativa de María Elena Walsh. En cambio, creen en Columbo, en Petrocelli, en los programas de entretenimiento, en Rolo Puente.
-Poneme la Polémica..., negri
Me dice mi tía Ema, que se ríe con Minguito como no se rió con nadie desde Fidel Pintos y que le dice “camote” a Raúl Aubel porque no cree que esté a la altura de Nora Massi en Estación Terminal. Mi tía teje y me pone a tejer a mí. No sabe los problemas que eso me va a traer entre mis pares de quinto grado, cree que me enseña, cree que me hace bien, cree que así me ama. Y yo me dejo amar como sea. Los dos miramos televisión a lo largo de los años mientras van saliendo el punto cruz, el punto inglés. Mientras van pasando Dallas, Dinastía, mientras Henry Mancini y Lalo Schifrin le ponen cortina a una cena de costeletas, que es como se llama en el interior al churrasco con hueso. Van pasando, con los años, las tramas de Darío Vittori, los chupetines de Kojak, los domingos de Osvaldo Pacheco, pachequito. Nora Cárpena y Guillermo Bredeston hacen un programa que si le mandás una carta y salís sorteado van con todo el elenco a mirar el programa a tu casa y yo le pregunto a mi tía si me ayuda con la carta porque quiero que vengan los dos y que traigan al Pablo Codevilla y Maurice Jouvet y mi tía me pregunta que para cuántos va a tener que cocinar si llegan a venir.

Van pasando, con los años, cantidad de actores haciendo de sus personajes y ni mis viejas ni yo ni los actores saben que se van quedando dentro de mí, dentro de nosotros, habitantes en un subsuelo de la memoria compartida. Me perdí a Cortázar en la adolescencia porque estaba mirando a Berugo Carámbula payando con Almada y Espalter. Y cuando, hace una semanas, murió Berugo, tuve que apretar el llanto porque iba en medio de un subte repleto y nadie llora en los subtes, no cuando van repletos. La única verdad es la verdad del cuerpo, no la del lenguaje, que es apenas su representación. Soy un tipo criado por viejas, por viejas que miraban televisión y que dejaban entrar a los actores, a la casa y al cuerpo los dejaban entrar. Ahora tengo 44 y me toca escribir la fiesta de Sagai, darle a esta celebración un relato. No me dan los ojos, el cuerpo no me da. La llamo a mi hija para contarle las caritas que me pasan por al lado. Con mi hija miramos televisión todo lo que podemos y ella con sus nueve años ya tiene sus actores alojados como yo los vengo teniendo desde que las viejas aquellas me sentaban frente a la tele. Mi hija me pregunta si lo tengo cerca a Pepe Argento. Le digo que sí, que acá está entrando.

Adentro, la fiesta se condensa. Adentro quiere decir adentro del cuadrado físico en el que todos se piden permiso para pasar, o para estirar el brazo y que vuelva con una bruscheta, una muzzarela empanada, una copa de malbec. Y adentro quiere decir también adentro de mí, en la muda fiesta propia de verlos en su territorio, en su cancha, verlos de local: soy el reverso de la rosa púrpura porque acá soy yo el que se levanta de la butaca, cruza la pantalla y se les mete.

Una actriz, dos actrices. En un fondo con mesa y sillas altas, Lidia Catalano, a quien me crucé por primera vez en 1982 cuando me llevaron a ver Las aventuras de Los Parchís, parece decidida a pasarse la noche acá sentada, reinando su rincón. Alguien le colocó adelante una bandeja de pequeñas exquisiteces y esa bandeja está diciendo de ella más de lo que ella misma tiene ganas de decir: nadie tiene bandeja propia, a nadie se la traen hasta la mesa, casi nadie tiene mesa. En esa bandeja hay cuarenta años de actuación reconocidos junto a unos triangulitos de queso Brie. El detalle de que Catalano casi no la toque completa el porte de la escena.

Al otro lado de un gran cortinado negro -paño sobre paño que cae del techo al piso y separa la fiesta donde todos bailan del backstage secreto donde todos trabajan- Pablo Santangelo, director de EnFocoTV, brazo audiovisual de Sagai, comanda un equipo de técnicos para extraer lo más salvaje de algunos actores seleccionados. La consigna indica que hay que darle cuerpo a los siete pecados capitales y de acá va a salir una serie de cortos que luego serán distribuidos en salas de cine, canales de Youtube, pantallas varias para espectadores casuales, afortunados espectadores de la sorpresa que esta noche aquí ahora mismo alguien está fabricando. La gula, la lujuria y otras formas de la miseria del hombre son encarnadas en unos segundos cruciales frente a una cámara testigo. Durante la filmación de uno de esos cortos, Gabriela Sari (desde Dulce Amor, los mejores brackets de la telenovela argentina) y Nancy Barbero, un talento a secas, se cruzan en treinta segundos de perfo entusiasta. La Sari toma una copa de champagne con una indolente cereza sumergida en el fondo mientras se cruza odiosamente y no registra lo que, a sus espaldas, Barbero le dice, le grita: hija de puta, conchuda hija de puta. Se lo dice mordiendo la furia que fue capaz de encontrar en su caja de herramientas, sangrando se lo dice. La envidia no debería calificar ni como pecado ni como capital de nada porque no reporta goce, ese placebo que las personas confunden con felicidad. Sin embargo, aquí están las dos, en el lado B de la celebración, envidiándose, dejándose envidiar. Una actriz. Dos actrices.

Para otro de los cortos, Arturo Bonín y Daniel Faego se dan un abrazo, más de domingo con asado que de fiesta con tragos y pack de luces. Un abrazo de ésos en que sonarían las palmas golpeando la espalda si la bachata no subiera rabiosa a esta altura de la noche. Parece que Bonín es un hábil carpintero y un día Fanego se le apareció con una caja de herramientas. Eran de su padre, que acababa de morir y que había ejercido la carpintería como su hijo ejerce hoy la actuación. Son Bonín y Fanego, es decir, son todos los personajes que llevo encima hechos por Bonín y Fanego, contándome esta historia. Mi asombro no se disipa.

Pepe Soriano y Martín Brunetti ocupan los contrapolos del universo que esta noche se celebra a sí mismo: Pepe Soriano es Pepe Soriano, presidente del directorio de Sagai, el ancho del nombre y el largo de la trayectoria, fanfarrias para él que él no aceptará. Martín es un intenso actor de los márgenes que cree en la autogestión y parece incómodo con el estado de las cosas. Dice Soriano, en uno de los silencios de la noche y desde las alturas del escenario: bienvenida la familia de los actores todos juntos, finalmente todos juntos. Dice Brunetti, desde el bajo-fondo del ruido y el alcohol repartido: acá vienen todos a cogotear un laburito. Dice Soriano: que la vida, que el escenario, que los sueños. Dice Brunetti: estamos todos castineando para que nos vea un productor. Dice Soriano: anhelo ver a los actores del interior de la Argentina sumándose a esta fiesta. Dice Brunetti: piensan que un compañero les va a soltar un cable y yo nunca vi a un actor que le de laburo a otro actor. Vuelve a decir: nunca.

Como en todo gueto, alguien lo tiene que nutrir de contradiscurso, alguien (por favor, alguien) que se haga cargo de estar cruzado con toda esta felicidad. Las dos voces son reales. Es una fiesta de actores, de gente un poco chiflada, desesperados del yo. Y que además viven enfrentando el bacheo de un trabajo con el que nunca se sabe, donde nunca nadie cobra nada del uno al cinco, donde el aplauso te alimenta pero no necesariamente te entrega obra social. Donde todo depende de que un programa, una obra, una película funcionen. Y antes de eso, depende todavía más de que te vaya bien en la grilla de largada de un casting, esa metáfora bruta de la competencia mano a mano. Y si el programa, la obra o la película funcionan, tampoco garantiza que funcionarán las que vayan a venir después.

El asunto de tener trabajo es un asunto permanente que los interviene a todos, desde el extra y el bolero hasta el consagrado que parece que ya la hizo pero tal vez no: “yo sigo siendo un trabajador de pico y pala, un remador”, me dice Guillermo Francella en un costado junto a la entrada, y después remata: “acá donde aflojás un poco, perdiste, no importa lo que hayas hecho”. En cierta forma, el trabajo del actor está constituido por la naturaleza de un presente perfecto, una constitución del ya. Por adelante, con una copa en la mano, me pasa Mariano Argento, a quien yo no conozco por su nombre pero sí por su cara: es Don Carlos, el patrón Pyme del aviso de la Afip que después de hacerle el aporte a su empleados les dice tudu bom, tudu legal. Y también es la cara del secretario del juzgado que se enfrenta con Darín en El Secreto de sus ojos. De una comunicación institucional del Estado a una película que levantó un Oscar de la Academia parece el trayecto soñado. Argento me dice que de mil inscriptos que hay en Actores, cuatrocientos trabajan con alguna regularidad y cien son conocidos. Que la oferta es muy grande; que la demanda, no. Que ser actor es una decisión que se toma en un lugar del cuerpo que no siempre sabemos cuál es. Busco a Brunetti y a Soriano en el panal de gente que llena el lugar, juego a ver a qué distancia quedó uno el otro, como si la distancia física dijera algo sobre la distancia de los enunciados. A Brunetti lo voy a encontrar tres horas más tarde en la retirada de la fiesta. A Soriano, con sus estoicos ochentas y seis, ya no lo volveré a ver.

En los últimos diez minutos del kirchnerismo, cuando parecía que todo terminaba sin la promulgación esperada, la Ley de Régimen Laboral y Previsional del Actor/Intérprete, la ley del Actor, fue publicada en el Boletín Oficial y ahora un sujeto que se dedica a la actuación ya no necesita jubilarse como un proveedor de servicios sino que puede hacerlo como un actor, además de tener contempladas bajo una ley federal sus intermitencias laborales. Hoy, esta noche, acá, también se celebra esta novedad provista por la gestión política del Estado. Pero entre aquella página del Boletín Oficial y esta celebración, hubo elecciones nacionales y un nuevo signo político gobierna la Argentina. Falta la voz que dé cuenta de este impacto hasta que María Fiorentino toma el micrófono y ya no falta más.

La primera vez que vi a María Fiorentino hablando como María Fiorentino sobre un escenario, estaba encabritada. La última, también. La primera fue cuando subió a recibir el premio Martín Fierro por su exitosa construcción de Felicidad, Gasoleros, Pol-ka, 1998, varias Argentinas atrás. Carajeó a no sé quién porque le pedían que la hiciera corta. La última, es en esta fiesta veinte quince de Sagai, esta fiesta que ahora nos atraviesa. María, una mujer matrizada en el peronismo explícito del cónclave rosarino, subió al escenario de la fiesta porque alguien tenía que subir a resonar la circunstancia política nacional, alguien tenía que decir lo que nadie quería: que perdimos, puta madre. No lo dijo así, María, porque es una dama.

Respetó la etiqueta y saludó a las nuevas autoridades como se saluda a un invitado que ojalá nunca hubiera venido pero ya está acá y se ganó el derecho de que lo hagamos pasar. El saludo al nuevo gobierno le salió mordido, pero también sobrepuesto. Un enfrentamiento entre las formas y la convicción la rechina por dentro mientras habla y ella misma se vuelve el campo de batalla de su propia circunstancia. Está íntimamente ofuscada, Fiorentino: con la combustión de ese enfado se pueden hacer dos Macbeth y un Tito Andrónico; pero con esa templanza para no dejarlo estallar, todos los Godot que hagan falta.

Una fiesta empieza a terminarse cuando ya no hay que pedir permiso para llegar hasta la barra. Se abren los espacios, los que quedan se sueltan porque tienen metros cuadrados donde bailar y empieza a notarse una persistencia de gente que no quiere irse tal vez porque no tenga a dónde. Somos el fondo grumoso del pocillo, la borra, hay adivinadores que ven el futuro en los resistentes como nosotros. Quedarse no siempre vale la pena pero esta vez, en la última bola de la noche, cuando ya no puede pasar mucho más, un hallazgo se hace recompensa y de golpe ahí está ella bailando para quien la quiera ver, con los años encima y lo que le haya tocado vivir: ahí está Patricia Sarán a los cincuenta. El jean Jordache de tiro alto buscando el calce profundo dentro de un ascensor: los ochentas, el destape, la nueva publicidad erotizada en la democracia reciente y todo significado en el cuerpo de la señora que ahora se mueve delante de mí.

-Disculpame, sos Patricia Sarán, ¿verdad?
-Sí, soy.

Ya lo sabía pero quería ganar centimetraje para verle de cerca la cara, descubrir su tour de cirugías. A Sarán no le importa nada y baila fuerte, como si lo que siguiera ahí fuera la belleza y no su museo.

En el final-final, no en su antesala, todo se encrudece, hard porno de la muerte del festejo. El personal gastronómico apura las cosas para sacarse la noche de encima y, es literal, el lugar se desmantela. Un grupo de meseras transpiradas rodea a Marcos o a quien ellas llaman Marcos y hay veinte minutos de selfies y bromas acerca de los puntos Quiero y el matrimonio de ficción que compone para la campaña del Banco Galicia: finalmente, el actor más buscando por la tribuna es el actor de un comercial. De golpe, dos borracheras: una más, vamos a llamarla performática, con la actuación estelar de una desconocida que sale entre cuatro amagando el vómito, nos hace girar el cuello a todos y preocupa seriamente a Portaluppi, que cogotea y se acerca a ver si puede dar una mano. Y otra que sucede a unos metros de ahí, la elegante, señorial, impertérrita borrachera del gran actor latinoamericano que todos reconocen y todos saludan y todos respetan y que apenas por un instante se deja ver en una levísima vacilación del cuerpo, casi como si se le hubiera escapado. Así se emborracha un caballero, parece estar diciéndonos sin decírselo a nadie. Una es una borrachera, la otra es una embriaguez.

Una vez me enamoré de una chica. La tenía difícil así que usé mi mejor artillería. En mi momento de mayor desesperación, cuando más la quería retener, cuando ya no sabía qué hacer para que me eligiera, saqué los cañones y le dije: “hey, tengo un pase de prensa para un estreno de teatro, ¿Querés ir a ver actores?” Tres años después, esa chica se casó conmigo y hoy es mi esposa. Así que gracias. A Ustedes, por quedarse adentro.

 

CRÓNICA DE UN MONÓLOGO MUERTO

Texto: Julieta Otero

La anécdota es más o menos así: SAGAI en persona me propone hacer una especie de “conducción” de la fiestita de fin de año. Mi respuesta rotunda fue “No, gracias por pensar en mí, pero no hago eso”. No puedo conducir ni mi auto, y quien soy yo para pararme frente a todos esos actores si no me conoce nadie y estoy gorda y otros motivos de peso. Pero el plan me empezó a divertir por dos motivos: por un lado venía en un combo con hacer notas en vivo en la “alfombra roja” con mi compañero actor Juan Martin Zubiri, y por otro me empezó a picar el bichito de guionar algo con Azul Lombardia, asi que guardé mis principios en la mochila y saqué los otros para cerrar nuestra participación en el evento, no sin miedo, pero ¿qué sería un actor sin miedo? Feliz. No es el caso.

Y llegó el día, y me dieron un vestido con lentejuelas negras y me puse mis tacos de eventos y con Juan acosamos a los actores que entraban a la fiesta felices y lindísimos, destilando alegría con contenido, ganas de bailar y brindar, pero sobre todo ganas de charlar. Entraban con ganas de charlar. Se charló mucho. Tanto o más de lo que estaba pronosticado por el servicio meteorológico. Y cuando llegó el momento de subir a la tarimita, que era un flor de escenario, había mil quinientos actores contándose la vida y los proyectos y reencontrándose con ex novios y compañeros de rodajes y nadie hizo ningún tipo de silencio. Pensaba por dentro: “Soy un fracaso. No se van a callar nunca. Y bueh, un fracaso más para la vida de un actor. Y, ¿qué sería un actor sin fracaso? Feliz. No es tampoco el caso. Bueno, dale para que hiciste todos esos talleres de clown y de impro, hacé algo”. Re largo todo lo que me decía por dentro. Aplausos y empezó el video. Algunos pudieron verlo, otros seguían hablando. Después hablaron María y Pepe, geniales como siempre, y con Azul y Juan evaluamos la situación y llegamos a la conclusión de que estuvo todo muy bien y nadie se debería haber dado cuenta de que yo tenía preparado todo un monólogo, que sostuve la situación como si la idea siempre hubiera sido decir: “Buenas noches vamos a ver un video”. Pero, a lo largo de la fiesta, se me fueron acercando varios actores que yo no conocía para palmearme el hombro y darme el pésame por el monólogo muerto: “La remaste, bien”, y otras palabras de aliento que me iban hundiendo. Entonces, pedimos este espacio para compartir con ustedes algunos párrafos que habíamos preparado para esa hermosa noche en la que terminamos bailando como locos.

Fragmentos del monólogo muerto

Es la primera vez que vengo a esta fiesta porque soy madre y no salgo mucho de noche, pero me habían hablado y sé que es un encuentro muy esperado. Cada año viene más gente. Se corre la bola de que hay rica comida. Somos actores, queremos comer gratis en eventos. Y es lindo estar así, entre actores, solos, relajados, sin periodistas ni gente normal, sin tener que monitorear productores ni directores con cara de Zoolander... O sea, el actor en general se pone bastante tenso en eventos. Pero acá no hay que hacer lobby, ni conseguir trabajo, podemos cerrar la puerta y ser realmente quienes somos. Miedo.

Es re importante tener una fiesta con tus colegas. Aunque hayas hecho dos bolos en el año, podes decirle a tu familia que vas a la fiestita de fin de año de “tu gente”. Como papi, que tiene la fiesta de fin de año de la empresa, sí, abuela, está Echarri y estoy yo, sí, entendelo. Te re legitima, yo después de hoy me siento más confiada para poner en un check in “Profesion: Actriz”.

Qué bueno que apareciste SAGAI. No fue magia: nos ayuda groso, porque los actores somos personas a las que nos cuesta defender nuestros intereses y derechos, por ejemplo: no sabemos hablar de plata. Nos ponemos incómodos, tensos, sobreactuados, afectados, sobreexcitados, hacemos que no nos importa y salimos llorando. Bueno, en general, hay muchas cosas que los actores no sabemos manejar: los contratos, el pelo, el Twitter, el Facebook, el canje, el alcohol, las relaciones amorosas, qué decirle a un amigo cuando su obra nos pareció malísima. Para ayudarnos a todas esas cosas, está SAGAI. ¿Ah no? Pero supongo que sabrán que SAGAI tiene una fundación que da ayuda a esta hermosa familia de actores que somos. Por ejemplo da subsidios por maternidad, tiene programas de formación, de turismo... Es muy bueno que los actores tengamos una fundación. Porque las fundaciones están para ayudar. Y vieron que todo el mundo necesita ayuda, bueno nosotros más. Somos gente muy necesitada. No sé si será por la exageración y el exceso que nos caracteriza. El subsidio por maternidad está muy piola. Se re complica ser madre y actriz, los horarios de teatro que se cruzan con la vida doméstica o grabar una tira teniendo un bebito... bueno, la locura... ¿y conseguir laburo embarazada? Ya es difícil conseguir algo como actriz, y encima sólo podés hacer de embarazada. O de Barney. Propuesta para la fundación: una bolsa de niñeras.

Este año hay mucho para festejar. SAGAI nos está liquidando cada vez más seguido, ahora en repartos trimestrales. Ya hay una sede nueva para atención al público. La fundación. El canal EnFocoTV. Y seguir creciendo en nuestros derechos como trabajadores, porque a pesar de que parezca que vivimos en una fiesta como esta, los actores trabajamos de verdad, y hubo y hay que convencer no sólo a la familia de que esto es un trabajo, sino a la sociedad entera. Gracias a la militancia y el compromiso de tantos compañeros, vamos a ser entendidos como cualquier trabajador con derechos y vamos a andar por ahí jubilados haciendo impro, yoga, origami y cuidando a nuestros nietos, que ojalá consigan un trabajo de verdad.

alejandroseselovsky lucíamerle sebastiánmiquel fiesta SAGAI julietaotero actores
Escrito por: Alejandro Seselovsky.
@Aseselovsky

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Fotos por: Merle - Miquel.
Fotógrafo

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