La larga lucha de todos los años

SAGAI cumple 10

Historia ilustrada de la Sociedad Argentina de Gestión de actores e intérpretes

La sala está en penumbras. Tras una pared cubierta de boiseries y puertas de vitraux, la biblioteca. El piso es de madera. El techo es alto y tiene una moldura de rosetón en el centro. Hay un entrepiso y un pasadizo secreto. La sala de la presidencia de la Asociación Argentina de Actores, ubicada en el barrio porteño de Montserrat, recuerda al salón de un club aristocrático.

—Acá se gestó la semilla de Sagai –dice Jorge Marrale, vicepresidente de la Sociedad Argentina de Actores Intérpretes (Sagai). Hasta ese momento, la Asociación Argentina de Actores defendía, y aún defiende, los intereses colectivos

de sus socios; pero nunca tuvo injerencia en el cobro a los usuarios –canales de televisión y salas de cines– por emitir las obras. Por eso, después de varias batallas perdidas, un grupo de actores comenzó a juntarse en esta sala para crear una sociedad de gestión que tuviera como fin gestionar los derechos intelectuales de los actores. Participaron de estos encuentros dirigentes como Norberto Gonzalo, Daniel Valenzuela y Luis Alí, y otros actores como Manuel Callau, Hugo Arana, Arturo Bonín, Miguel Padilla, Pablo Echarri, Arturo Puig, Pepe Soriano y Jorge Marrale. Transcurridas seis reuniones –junio de 2006–, resolvieron convocar a una Asamblea Constitutiva que sería el inicio de algo nuevo. Estaba decidido: los actores elegirían allí a sus autoridades; crearían un frente colectivo que reivindicara sus derechos.

—Sabíamos que estábamos frente a un acontecimiento, que iba a tener un antes y un después de la Asamblea –sigue Marrale—. Teníamos esa sensación de que era ahora o nunca. Aquella asamblea del jueves 27 de julio fue un Cabildo Abierto. A las siete de la tarde, 246 actores toman el control de la sala Olga Berg, ubicada justo debajo de la presidencia de Actores. Clásico día de invierno: frío y gris. El salón, con capacidad para 130 sillas, queda chico. Los actores de la gesta organizadora se paran juntos a un costado, al igual que otros 110, que esperan parados –pegados– el inicio de la Asamblea.

 

—Compañeros, por fin vamos a lograr representación después de 70 años –grita eufórico Miguel Padilla.

Y todos aplauden. —Vamos a recuperar el tiempo perdido –replica Norberto Gonzalo. Abel Martín, director general de la Aisge, la sociedad española de gestión de derechos, se encarga de los tecnicismos. Y Jorge Marrale recuerda las batallas que tuvieron que superar desde 1933. —Por eso es tan importante ser tantos hoy acá, ver tantas caras conocidas, tantos actores presentes —se celebra entre vivas.

 

Aquel día, todos recordaron las batallas que se fueron librando a lo largo del Siglo XX. La primera, mítica, que se perdió en París cuando dos autores -que esta-

ban tomando un café- oyeron de fondo una obra musical propia. Cuando el mozo fue a cobrarles, uno de ellos dijo: “Usted me cobra el café pero no paga mi obra”. Si

bien ese comentario no logró traducirse en dinero, sentó las bases de un problema

que se fue complejizando a lo largo de las décadas. En Argentina, el mojón más im-

portante ocurrió el 28 de septiembre de 1933, cuando el Congreso de la Nación sancionó la Ley de Propiedad Intelectual –la 11.723– impulsada por el diputado Roberto Noble y apoyada por el senador Matías Sánchez Sorondo. Desde ese día, los artistas pasaron a ser dueños de sus obras y a tener la facultad de disponer de éstas como quisieran, pudiendo publicarla, representarla, exponerla, traducirla y adaptarla. Faltaba el derecho a una retribución, que quedó asentado -en 1973- mediante el decreto 746/73. Años después, en la década del ’80, un nuevo episodio marcó un hito en el historial de luchas: la Asociación Argentina de Intérpretes (AADI, fundada en 1954 para recaudar, administrar y distribuir los derechos de músicos y actores) le ganó un juicio a Clemente Lococo, empresario cinematográfico y teatral que debió pagar el precio de media entrada de cine por cada función, y a los canales de televisión 11 y 7, pero este pago nunca se concretó. Un tiempo más tarde la entidad se centró en la defensa de los músicos, y los actores quedaron sin representación.

 

Hasta que en 2005 la Asociación Argentina de Actores se hizo cargo de la lucha y la historia se modificó. Un grupo de artistas comenzó a reunirse en la sala presi-

dencial de la entidad, y el sueño de fundar la sociedad de gestión se puso en marcha. Aquel 27 de julio de 2006, Marrale es el último de los oradores dentro de una serie de discursos muy breves. Entre todos, no suman los treinta minutos. No hay largas explicaciones ni disertaciones memorables. Estar entre pares los libera de dar detalles o explicar lo obvio: los actores tienen derecho a cobrar por la emisión y repetición de su trabajo, lo saben todos los presentes.

 

Desde el fondo, alguien advierte: “Hay que elegir una comisión directiva”. Los nombres aparecen sin más organización que el grito de un actor. —Pepe tiene que ser nuestro presidente –se escucha en distintos lugares de la sala. “Pepe” es Pepe Soriano.

 

—Luppi también tiene que estar. —Martín, ¿te animás como tesore-

ro? –pregunta Juan Palomino a Martín Seefeld.

 

—¡Jorge debe ser el secretario! –propone Norberto Díaz, en referencia a

Jorge Marrale. En minutos, se completa la grilla de la primera comisión directiva de la entidad: China Zorrilla quedaría como secretaria suplente; Pablo Echarri como

protesorero; Julieta Díaz, Norberto Gonzalo, Daniel Valenzuela, Osvaldo Santoro, Gustavo Guillén y Roly Serrano: vocales; Gabriela Toscano, Jorge D’Elía y Gabriel Goity: titulares del Órgano Fiscalizador. En 2007, se incorporaría Sebastián Bloj como director ejecutivo.

No entiendo... A Francella, que está todo el día en la televisión, ¿no le pagan? –preguntó Alberto Fernández, ex jefe de Gabinete, a la veintena de actores que fueron a verlo tres meses después de la primera asamblea.

—Salvo el bolo por repetición de la AAA, no recibe nada –respondió el coro. Fernández estaba consternado. No era fácil de entender. Los actores, entonces, le explicaron mejor el estado de las cosas: el trabajo audiovisual, dijeron, comprende dos áreas fundamentales: la grabación y la emisión. La grabación se realiza por medio de un contrato entre el actor y el productor pero, cada vez que se difunde la interpretación, quien la pone al aire –en televisión o en cine- debería pagar.

 

—Lo que paga el productor es independiente de lo que le corresponde al que emite –concluyó Marrale en el despacho de Fernández-. Son dos figuras distintas: el primero le paga al trabajador y el segundo, al artista. —Espérenme acá un rato –dijo el funcionario y, a los cuarenta minutos, apareció con el entonces presidente

Néstor Kirchner.

 

Kirchner entra y saluda a los actores, uno por uno. Después, se sienta en la cabecera de la mesa, hace una broma futbolística sobre Racing (“Ni con un decreto lo sacamos de esta malaria...”) y les da el pie: —Cuéntenme, ¿qué los trae por acá?

Pepe Soriano es el encargado de explicar la urgencia que tienen de que se reconozca a Sagai como la única entidad de gestión encargada de la recaudación y distribución de derechos. Kirchner escucha, se acomoda en la silla, levanta las cejas, mira a los actores, uno por uno, y dice: —Tranquilos. Esto es su derecho y va a salir. Lo que les quiero adelantar es que no vamos a luchar contra nenes de pecho. El 21 de diciembre de 2006, por intermedio del decreto 1914/06, el Ejecutivo reconoció a Sagai la exclusividad de la representación de los actores. Y, dos años después, la Secretaría de Medios de Comunicación estableció el cuadro arancelario que deberían pagar los emisores. Desde entonces, esa disposición se cumple invariablemente.

 

En 2004, el actor Héctor Nogués se entera de que Telefé grabaría la sitcom Casados con Hijos. Se viste, imprime un currículum y sale de su casa dispuesto a ofrecer su trabajo. A los pocos días, lo llama un productor para que interprete al gerente de la zapatería donde trabajaría Pepe Argento (Guillermo Francella) en el capítulo “El sexo sentido”, que saldría al aire el 29 de noviembre de 2005. Alcanza los 18,5 puntos de rating. Unos meses después lo convocan para la segunda temporada. Quieren que encarne a un actor contratado por Moni Argento (Florencia Peña) en el capítulo “Hasta que la suerte nos separe”, que se emitiría el 7 de septiembre de 2006 con picos de 20,3 puntos de rating. Fueron dos bolos. Fueron los 2 minutos con 32 segundos más redituables de la vida de Héctor.

 

 

Para entender las razones, hay que saber lo siguiente. En 2008, Sagai logró el primer acuerdo de pago y, en mayo de 2010, realizó la primera liquidación, que comprendió al período 2007-2009. Se repartieron 13,5 millones de pesos entre 1511 actores. En ese primer reparto, Casados con Hijos recibió medio millón de pesos. Como lleva diez años en pantalla, es la única serie que cobró en todas las liquidaciones. Por eso los actores se refieren a la serie como “la beca”. Aunque, en algunos casos, esas remisiones no eran recibidas con alegría. Por ejemplo, el año pasado Flo rencia Peña, que en la serie interpretaba a Moni Argento, contó que

a veces tenía ganas de asesinar a su personaje porque temía que, de lo contrario,

el personaje terminara matándola a ella. Incluso, hubo actores que estaban a la misma hora en dos canales distintos, generando una competencia ridícula contra

ellos mismos. Uno de ellos era Guillermo Francella. —Mi exposición ha sido obscena –dice Francella– Muchos de mis programas se repetían –Poné a Fran-

cella, Casados con Hijos, El hombre de tu vida–. Era tan cansador y ofensivo eso... Los canales lograban un encendido maravilloso de forma gratuita y los actores

 

no veíamos un mango. Con las repeticiones pasé por todos los procesos anímicos: enojo, indiferencia, cansancio y hasta ternura, al ver que nuevas generaciones

descubrían lo que yo había hecho hacía años. Por eso aplaudí tanto el inicio de Sagai y colaboré con las gestiones para lograr el acuerdo de pago con Telefé.

Francella y Nogués coinciden en que el trabajo de actor es de paréntesis. “Es muy inestable y Sagai logró corrernos de esa inestabilidad. Pepe Soriano se ocupó de acariciar a los actores, de hacer más tranquila y segura nuestra vida”, dice Nogués. Francella agrega: “Capaz que entrás a una novela con todo el entusiasmo del mundo y a los tres meses la levantan y te quedás boyando todo el año. No es sencillo ser actor. Contar todos los semestres con un dinero para poder pagar las

cuentas es una gran ayuda para muchos. Hasta un micro de larga distancia que pasa una película tuya ahora tiene que pagar. Lo mismo pasa con los hoteles. Sagai

cambió el paradigma”.

 

El primer recuerdo que María Fiorentino tiene del teatro remite a sus ocho años. Sus papás la habían llevado a El Círculo, –el Teatro Colón de Rosario– a ver un recital de Hugo del Carril. Cuando termina la función, su padre la lleva a los camarines y, al ver al cantor, la levanta a upa y suplica: “Béseme a la nena Don Hugo”. Desde ese momento María dice que viene “de un beso de Don Hugo en la mejilla”. Aquel recital habrá durado dos horas; María dice que salió transformada porque el teatro, si está bien hecho, modifica al espectador. —Por eso, uno de los objetivos de la Fundación es formar elencos, crear obras y estrenarlas en lugares a

los que el teatro no llega –dice Fiorentino. La actriz se refiere a un organismo (la Fundación), interno a Sagai, creado en la Asamblea del 11 de mayo de 2009 con el fin de promover actividades de carácter asistencial y promocional a sus asociados –actores, dobladores y bailarines–, y disponer de un monto de la recaudación anual para esos fines.

 

—Sin la Fundación Sagai sería un banco –sentencia María Fiorentino. Los textos y los lugares a donde se llevan las obras de teatro son elegidos con cuidado. En 2014, por ejemplo, llevaron a una escuela del conurbano la obra Yo no sé, de Andrea Soldin, que centra su conflicto en la extorsión de una estudiante a una profesora para que la apruebe.

 

En esta búsqueda de identificación obra-público, la Fundación llevó Irene Baila, de Raquel Albéniz, a la Escuela de Suboficiales del Ejército Sargento Cabral, en Campo de Mayo. La obra cuenta la historia de una familia marcada por un padre violento que tambalea cuando el hijo deja de naturalizar el sometimiento y busca seguir un camino diferente. Este disparador sirvió para hablar con los militares de la violencia contra las mujeres en el ámbito doméstico, y fue un éxito. Seiscientos aspirantes a suboficiales vieron Irene Baila. Después de cada función se realizó un debate con la presencia de Victoria Montenegro, hija de desaparecidos y, por entonces, titular de la Unidad de Coordinación Nacional para la Prevención, Asistencia y Erradicación de la Violencia contra las Mujeres. Muchos de los alumnos contaron cómo les impactó la obra y cómo lograron romper el círculo de violencia en su familia. La obra también se expuso en Villa Zabaleta, Devoto y Barrio Piedra buena con cierres similares: debates marcados por denuncias y testimonios.

Además de la misión formativa y asistencial –subsidios de embarazo, fallecimiento, adopción, tratamientos médicos complejos– la Fundación tiene como premisa contener a sus socios mayores. Por eso, cada año, homenajea a los actores de más de 80 años con la entrega de una estatuilla y un cheque con dinero. La gala, en el Teatro Tabarís, es un gran acontecimiento para los artistas, muchos de los cuales llevan décadas sin subir a un escenario y por fin sienten el aplauso del público.

El 27 de agosto de 2012, se realizó el primer homenaje. Ese día Nelly Prince se levanta a las ocho y media de la mañana, toma un café apenas cortado, avanza en la

lectura de un libro y sale a hacer mandados. Pasadas las seis de la tarde, comienza a maquillarse para ir al Tabarís, donde autoridades de Sagai le entregarían un premio por su trayectoria junto a otros 70 artistas entre los que se encuentran Guido Gorgatti, Cipe Lincovsky, Hilda Bernard, Max Berliner, Juan Manuel Tenuta y María Concepción Cesar. 

—A la peluquería no voy porque nunca me gusta cómo me dejan. A pesar de lo chicata que soy tengo la habilidad para cortarme el pelo y hacerme el color yo sola. Incluso aprendí a hacerme el brushing –cuenta Nelly Prince. En treinta minutos, está lista. Se pone una falda tramada negra y blanca, “porque cuando una tiene buenas piernas tiene que mostrarlas”, una blusa con transparencias, zapatos escotados con tacos de 10 centímetros y aros negros y brillosos. Después va al baño, saca de un estante los maquillajes –sombra, rímel, base, rubor, rouge-, toma un espejo con aumento y comienza a arquear sus pestañas. Su hija, la actriz Cristina Banegas, la pasa a buscar y la lleva al teatro. Se cruza, al llegar, con Pepe Soriano, quien le recuerda que ella estuvo entre las primeras actrices argentinas que hicieron televisión. El 17 de octubre de 1951 se realizó la primera transmisión y el 21 de septiembre de 1952 Nelly estaba al aire. Eso significa que llevaba 64 años en la pantalla chica. 64 años sin cobrar un peso por la emisión y repetición de sus programas. Pocas actrices entienden como ella lo que significa el trabajo de Sagai. Por eso, cuando Soriano inició la entrega de premios diciendo que “este homenaje es un acto de justicia” miró a Nelly y sonrió.

—La necesidad nos construyó –dice Jorge Marrale.  Después de las primeras reuniones en la Asociación Argentina de Actores, Sagai alquiló un espacio –400 m2– arriba del Grand Splendid, en Barrio Norte. El 23 de agosto de 2010 la comisión directiva convocó a una asamblea extraordinaria para solicitar autorización de los socios para sacar un crédito hipotecario en el Banco Ciudad y

comprar un inmueble para ser usado como sede social. La compra se aprobó y por iniciativa de Soriano se designó a dos socios –Edgardo Moreira y Walter Balzarini– para que fiscalizaran la transparencia de la operación. A principios de 2011 se concretó la compra y Pepe Soriano se encargó personalmente de decorarla.  Arañas, esculturas, diseño de muebles y hasta el cortinado pasaron por el ojo de Pepe.

El 5 de abril, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner fue la encargada de inaugurar la flamante sede. —Este lugar, la casa de SAGAI y de su Fundación, empezó a ser soñado en el año 1933, cuando el Congreso de la Nación aprobó la Ley de Propiedad Intelectual No 11.723. Obtuvimos esa respuesta después de 73 años, cuando el Poder Ejecutivo, en la figura del entonces presidente Néstor Kirchner, firmó el decreto 1914/06 que dio lugar al reconocimiento –dijo Pepe Soriano para dar comienzo al acto. Cristina felicita a Pepe por sus dotes como decorador, luego recuerda la reunión con Néstor de 2006, y destaca, finalmente, la labor de Sagai y la importancia de tener una casa propia. Aplausos, brindis. Actores y autoridades recorren la casa. Soriano cita a Hamlet: “Cuidaréis de que los cómicos estén bien atendidos. ¿Oís? Haced que los traten con esmero, porque ellosmson el compendio y breve crónica de los tiempos”. Y, por si no se entendió, sigue Pepe: “Cambiarle la vida a los actores, esa es la función de Sagai”.

Aunque en rigor no hacía falta traducción: todos sabían de qué estaba hablando. La vida de los actores ya había cambiado.

10años Sagai lucha aniversario
Escrito por: Débora Maniowicz.
@debmaniowicz

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Fotos por: Decur.
Fotógrafo
@DecurG

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