No soy lo que creía que era

Retrato emocional y vida cotidiana de Pepe Soriano

Amor, solidaridad, familia, legado: tópicos que vuelven durante los días compartidos entre el hogar y escenario

El libro me acompaña desde hace semanas. Está ajado, muchas de sus hojas tienen dobleces en las puntas, marcan párrafos a los que vuelvo intentando leer entre líneas como una detective que revisa las pistas acumuladas para encontrar aquello que no es evidente a ojo desnudo. Ya no lo leo, escucho el murmullo de sus páginas, siento el perfume de unas calles que no existen, me tienta el aroma de una salsa cocinada a la intemperie en un patio donde picotean las gallinas y se escucha el tum tum de las herramientas que convierten el cuero en calzado. Husmeo entre las letras la huella de un hombre, así como le sigo los pasos por un territorio que es el mismo del que habla la memoria aunque ya no haya tierra en el piso sino un verde incandescente de plantas enredadas que Pepe Soriano acaricia con el mismo amor que guarda para todo lo que está vivo. -¿Por qué creés que vienen tan verdes? –pregunta él con la picardía de quien espera el desconcierto para después entregar la revelación-. Piensan, emiten sonidos, saben y manejan la energía que aquí se guarda.
Lo escucho y agradezco el regalo de esa intimidad fugaz, de ese paseo por su casa, la misma en la que nació y todavía vive, ahí donde dice que las paredes también hablan y traducen con las formas que les imprimió el tiempo los rostros de los que allí habitaron. Es que un momento antes se había negado a este mismo paseo, como si la propuesta de que me enseñara algún rincón más de ese lugar amado fuera una tilinguería propia de todo eso que detesta.
-¿Qué querés? ¿Hacer una nota como si estuviéramos en la revista Caras? –se había retobado para encenderme las mejillas con el rojo de la vergüenza.

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Eacute;l sabía que mi consigna era buscarlo más allá de la palabra, atreverme a leer en esos pliegues donde se acumula la pelusa de la vida cotidiana, ese material invisible, a primera vista descartable, que nos convierte en quienes somos. Pero es cabrón el hombre y no iba a facilitar la tarea. Por eso me obliga a buscarlo entre las páginas de su libro que es también la obra itinerante a la que el hombre y el actor, el autor y el personaje, Pepe Soriano, en definitiva, ha vuelto una y otra vez con implacable regularidad desde hace casi 40 años: El loro calabrés.
“-¿Me quieren?
-¿Eso te preocupa? A tu edad... ¿que te quieran? ¡Derecho!
-Si me quieren... quiero que me quieran.
-Que te aplaudan, enano. Que te aplaudan.
-Quiero ser humilde como el pan.
-¡Como el pan! Buena idea. Convencerás a algunos.”
El fragmento es parte de un diálogo cruel, un contrapunto de voces dentro de un mismo cuerpo que leía durante El loro calabrés porque nunca pudo aprender de memoria hasta que en una función terminó rompiendo esos papeles. “El camino de mi asamblea interna”, lo llama él, esa asamblea en la que alguna vez convivieron el mejor, el peor, el sublime, el vanidoso, el neurótico, el infantil, el adulto. Todas versiones de si mismo que ahora que tiene 86 y un caminar que parece querer sacudirse el peso de los años en un rengueo que no oculta, han empezado a acallarse como si el tiempo lograra de una vez la reconciliación entre lo deseado y lo posible. “No soy lo que creía que era”, dice y no alcanzo a repreguntar, no alcanzo a expresar la sorpresa de esa resignación en un hombre que ha filmado más de medio centenar de películas, que le ha puesto el cuerpo a tantos personajes, que ha recorrido tantos escenarios como tablados para quedar impreso en la memoria colectiva como el contorno nítido del artista popular.
-Ahora sé que no soy imprescindible, tengo todavía algo de vanidad, algo de omnipotencia; pero son nada más que condimentos. Sé que cuando no esté el mundo seguirá sin mí sin ningún problema y más tarde o más temprano seré también olvidado.
Y entonces me encabrito yo: ¿Cómo puede creer este hombre que alguna vez olvidaremos a esa vieja comilona que ahogaba con su voracidad a su familia en La Nona, la película de Héctor Olivera que él inspiró pidiéndole a Tito Cossa que le escribiera “una vieja”? ¿En los vericuetos de qué memoria podría perderse el entrañable anarquista de La Patagonia Rebelde? ¿O el Lisandro de la Torre en Asesinato en el Senado de la Nación? ¿Qué maleficio podría borrar de los recuerdos de la gente que lo siguió por un pueblo y por otro para asistir una vez más a la puesta de El loro calabrés?
-¿Cuántos recuerdan a Inda Ledesma? –contesta él, sabiendo que la memoria de los libros no es ese órgano fresco que se modela en la experiencia cotidiana de quienes están ahora mismo en el mundo. Cada quien, cuando se va, se lleva algo consigo, aun dejando la estela de una vida como un perfume para quienes sobreviven. Generación tras generación algo además de los cuerpos va sepultándose, convirtiéndose en fósil, capas geológicas de la historia común que pueden quedar anotadas pero no andan de boca en boca. Y es de esa memoria viva de la que habla Pepe, de ahí donde sabe que va a desaparecer, inexorablemente, como desapareció el barrio que conoció en su infancia y al que sigue añorando. Porque aunque su dirección sea la misma ya no se escuchan a los vendedores ambulantes, ni a los chicos jugando a la pelota, tampoco al mítico loro que había aprendido en una mezcla de español y calabrés a saludar a ese niño al que todavía llamaban Pirulo, mucho antes de convertirse en Pepe.



Me quedo mirando la sonrisa con la que ha rubricado la última pregunta y me doy cuenta de que tampoco soy joven, que la certeza de mis recuerdos tiene que ver también con el medio siglo que ya me pisa los talones. Entonces extiende todavía más la comisura de sus labios ajados y en los ojos se le prenden luces de niño.
-No hay que preocuparse, los años traen lo suyo. Por ejemplo, ahora soy inimputable. No pueden meterme preso porque perderían el tiempo, me tendrían que soltar. Si puteo -y eso que mis puteadas pueden escucharse desde varias cuadras a la redonda cuando siento alguna injusticia-, a nadie le importa este viejo. Tengo una imagen respetable, después de 65 años de oficio de actor, cualquiera sabe que no estoy para cagar gente. Y eso es estrictamente verdad.
-¿Y la muerte? ¿No empieza a respirar en la nuca con los años? –pregunto como si ese resuello helado no lo sintiéramos todos alguna vez.
-La muerte... sí. Pero me ocupo también de eso. De ordenar las cosas, los papeles, lo que quisiera regalarle a cada quién. No quiero que me agarre desprevenido.
Desprevenido, no sé, pienso y no se lo digo, lo que es seguro es que cuando llegue lo va a encontrar vivo. Intensamente vivo.
Los días de Pepe Soriano empiezan temprano, sin necesidad de madrugar. Tiene una rutina de médicos y osteópata que lo ayudan a lidiar con la artrosis y una memoria caprichosa que reconoce mejor los años de la infancia que las vivencias recientes.
-Pero sin nostalgia, eh. Tal vez un poco, como un reconocimiento al origen, el punto de partida donde uno se ha formado. Pero la nostalgia tiene elementos de congelación y de muerte. Añorar lo que ya pasó y no puede volver es como no valorar el momento presente.
Y es ese presente lo único que se puede apresar, el tiempo con el que contamos, ahora mismo, que ya está pasando. Pepe lo mide con un reloj en su muñeca que marca dos horas distintas al mismo tiempo: la de Argentina y la de España. Es que de este lado del Océano están sus quehaceres y sus amores: su esposa y su hija menor. Y del otro también: dos hijos que ya tienen más de 50 y una nieta que se asoma a la adolescencia y a la que ve crecer en las conversaciones por Skype más que cara a cara. “A uno de mis hijos hace un año que no lo veo. Al otro, tres. Los extraño, sí. Y a la vez, no, son hombres grandes. Ahora me toca el tiempo de disfrutar a mi hija enamorada, esa etapa maravillosa de los veintipico que llena la casa de alegría y vitalidad, con chicos jóvenes que se juntan acá en casa a hacer la previa”, cuenta como si revelara otro de los secretos de esa energía vital que tiene y que a veces impresiona.

-Yo aprendí la solidaridad en el barrio, en la escuela, con mis compañeros. No es un acto volitivo, soy así. Me fue bien en la vida, me levanté de los peores dolores y no me hace feliz tener ropa para cambiarme si no que todos tengan ropa. La ropa, la pizza, el auto. Un ser humano que huele lo mismo que yo, que conoce los mismos sabores, merece lo mismo que yo. Siempre estuve y voy a estar del lado de los que no tienen.
Tal vez por eso, en el final de El loro calabrés, Pepe corta y reparte un pan que en cada una de las más de mil funciones que representó se amasó antes especialmente, pidiéndole él mismo a cada panadero que sea consciente de que ese alimento primitivo sería compartido con otros como una forma de comunión que sella ese pacto de amor tácito con el público.
-Ofrecer pan fue la manera que encontré de consolarnos entre todos en plena dictadura, cuando salir a los pueblos más olvidados, sin más artificio que el cuerpo que es la materia del actor y una guitarra se convirtió en una manera de ponerme a salvo de la persecución y las amenazas. Las personas somos como granos de trigo, si estamos juntos todo tiene otro sentido. Y si estamos juntos es para querernos, como el pan, que da vida.
En el escenario del Multiteatro, en estos días, Pepe Soriano es El padre. Un hombre replegado en los laberintos de su mente que va perdiendo contacto con lo que lo rodea hasta volver a ser niño, arrullado por su hija que le canta una canción de cuna mientras él pide por su mamá. Los extremos de la vida se tocan en esa escena, el inminente final con esa primera ilusión de ser uno con otra, uno íntegro en ese abrazo incondicional que se desea toda la vida, sobre todo cuando se ha perdido a la madre demasiado pronto, en ese momento en que todavía somos arcilla blanda, el tiempo de la infancia. Pepe, el hombre y no el actor, enterró a la suya a los doce. Cree que fue entonces cuando perdió la capacidad de escribir. Aun cuando el libro que llevo en la cartera hace semanas está firmado por él, dice que salvo una única vez, no pudo concretar nunca el acto físico de escribir. “La página en blanco me aterra, se me agarrota la mano, otros lo tuvieron que hacer por mí.” La excepción fue un poema para su esposa, esa galesa más de dos décadas menor por quien, dice, es capaz de canjear su vida. Lo hizo una noche de esas tantas en que estaba de viaje para ocupar un escenario desconocido y faltó público y se sintió tan vulnerable que deseó el cuerpo de la mujer amada como “un rinconcito de algodón tibio”. No tiene valor, insiste, más que el afectivo. “Te agradezco la ternura que me das/ y la palabra que me ayuda a comprender/ la razón de los demás”, dice en un tramo.
-¿Qué es el amor, Pepe? –le pregunto con la ansiedad personal de saber de qué se trata ser amada a lo largo de más de tres décadas.
-Dicen los psicoanalistas que es dar lo que no se tiene a quien no es.
-¿Y vos qué pensás?
-Que es querer profundamente a alguien, ni más ni menos, es esta alegría de saberme enamorado.
La respuesta no alcanza, pero no está en la palabra si no en esa luz que asoma a sus ojos, en ese modo en que se reblandece su voz, en la certeza con que sostiene, otra vez, que vive por el otro y con el otro, esa otredad que habría que nombrar en femenino para hacer honor a la mirada que lo refugia de la locura de su oficio. -A mí los personajes me persiguen, creo que los actores deberíamos tener siempre al lado un psicoanalista cada uno. Crear es un delirio, rebuscar adentro de uno la materia de la humanidad y no saber cómo encontrarla. Porque hay que desconfiar de lo que se sabe. Los personajes que encarno se abren como una flor cuando menos me lo espero. Si yo los persiguiera a ellos, los perdería.

¿Y de qué modo atrapa a este actor un personaje como el de El padre? ¿No lo asusta poner en escena la fragilidad de la vida cuando se tienen tantos años que el futuro es apenas un parpadeo?
-No le temo a la fragilidad de la vida porque la conozco de sobra. Mi primer hijo murió apenas nacido, al final de cada función, durante ese exilio interno que fue hacer una obra itinerante en dictadura, creía que estaba despidiéndome no sólo del público si no también de la vida que estaba amenazada por todos lados. En esos años de persecución quedé en blanco durante un mes completo. No sé dónde anduvo mi mente en ese tiempo en que estuve internado. Tuve un cáncer hace diez años al que sobreviví gracias a los médicos y a mis ganas de seguir vivo. Ya he muerto muchas veces. Ya sé del desgaste de la máquina, por eso estas horas en el escenario, con los compañeros, me dan una dimensión plena de la vida.
-Confieso que en tu lugar, me daría un poco de miedo representar ese personaje.
-Cuando lo leí por primera vez también pensé que me podía dar miedo. Pero después se me pasó. Le llevé el guión a mi analista y entendí que no me compromete. Siempre tengo que tener cuidado, la tarea del actor es construir un verosímil, no ser veraz. Además, desde que soy joven que hago papeles de viejo y acá estoy, soy un privilegiado por poder seguir actuando.
Esos privilegios merecidos incluyen un camarín inventado detrás del escenario para no forzar sus piernas subiendo y bajando escaleras hasta ese lugar donde el resto de los actores y actrices se preparan antes de salir a escena. Donde con el vestuario y el maquillaje empieza a tomar cuerpo sobre el cuerpo de quien actúa, el personaje.

-Pero ojo –advierte Pepe –que no hay alquimia secreta. Es ensayo. Es trabajo.
Muchas veces, después de la función, llega el placer de la mesa compartida. De la palabra puesta en juego entre amigos y amores. Me hubiera gustado compartirla, hacerme invisible para entrar en esa intimidad donde las luchas emprendidas buscan nuevas estrategias, donde el jugo de tomate o de arándanos que toma Pepe ahora que ya no tolera el alcohol, riega la comida al mismo tiempo que otros disfrutan del vino. Él es capaz de dejar lo que le hace mal sin ninguna tragedia. Pero el hombre pone sus límites y la intimidad a la que arribé se queda en la puerta de ese restorán de siempre. Me queda entonces lo que él quiso mostrarme y lo que pude adivinar en esas páginas de libro ya ajadas, en las cientos de notas que guarda, en las fotos que describen su vida pública y en los gestos que traducen su espíritu. Tal vez llegamos a alguna complicidad cuando relatando el último cambio de gobierno dice que ya ha visto “demasiados payasos, con patillas, con uniforme; como si estuviera en la revista, género en el que también trabajé. No me asusta uno más”. Tal vez algún eco dejó en mi memoria imaginarlo en autos prestados recorriendo rutas argentinas ignotas para ir de pueblo en pueblo con su arte mientras yo que entonces era una niña cumplía también con el exilio interno al que nos había obligado el secuestro y desaparición de mi mamá. “Siempre fui coherente. Ahí está mi historia para comprobarlo, no me interesa otra cosa más que esa, que se sepa que siempre fui coherente en mis elecciones.” Y ahí en sus elecciones está la prueba, en los textos que eligió representar, en la negativa a hacer televisión de manera continuada porque ahí no encuentra el tiempo para que maduren sus personajes como una fruta dulce, en el tiempo que invierte en el trabajo por sus pares en SAGAI.

Nuestro último encuentro es para unas fotos, en la puerta del teatro, sobre la calle Corrientes. Me deja abrazarlo y me tomo el atrevimiento de sentir sobre mi mejilla la suavidad de su pelo blanco, de sentir la vulnerabilidad de su cuerpo que es pura fortaleza de espíritu. Mientras se dispara el obturador, una mujer lo reconoce y lo saluda. Él se alegra y le pregunta cómo está, la mujer hace un gesto de pena y empieza a hablar de la situación política actual, de los despidos masivos, del ajuste.
-Pero acá estamos ¿no? ¡Vivos! –le dice y le arranca una sonrisa. Entonces hago mi última pregunta:
-¿Qué crees que pasará cuando ya no estés de este lado de la vida?
-Nada no puede ser. Creo que seré energía, como la que llega desde las estrellas –responde y su mano se levanta por encima de su cabeza como si quisiera apresar el aire que lo circunda.
Quiero creerle. Lo hago. Tanta gente alrededor aprendiendo de su oficio y su presencia serán testigos de su huella, de esa sucesión de eventos que dibujan el círculo de una vida. Con intimidad o sin ella, veo al hombre detrás del prócer que describen sus compañeros de trabajo al final de un ensayo de El padre y recuerdo la descripción de las agonías de las que se ha levantado. Hay ahí un secreto compartido, una clave que alumbra aun en los días más oscuros.
¿Quién no ha muerto alguna vez?, pienso.
Quien no ha muerto alguna vez, no sabe de vivir


PEPE POR MARTA
La luz infantil que asoma a sus ojos, la sonrisa pícara que subraya esa iluminación; con eso me quedo después de mi encuentro con Pepe. Esa capacidad de no perder la sorpresa y, a la vez, la tenacidad en la lucha cotidiana por no dejar ir lo que aprendió de niño: la solidaridad. No es que pretenda cambiar el mundo entero, aunque le gustaría. Se aboca a mejorar la vida de sus pares, actores y actrices, tantos olvidados, otros con carreras rutilantes. Todos y todas, cree Pepe, merecen compartir lo que genera la tarea de quien le pone el cuerpo a los personajes que suelen hacer la vida más llevadera a quienes nos sentamos en un teatro o un cine. Y cuando no le sale, cuando le ponen palos en la rueda, ahí sí, Pepe Soriano es de temer. Sus puteadas pueden llegar a escucharse mucho más allá de lo esperado. Es un hombre apasionado y la injusticia lo puede; no le importa ser cabrón entonces. Y es que sin esa bronca que a veces lo impulsa hacia delante no sería quien es. Un actor de oficio, un laburante, un hombre enamorado de la vida.

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Escrito por: Marta Dillon.
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Fotos por: Sebastián Miquel.
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